Del odio al amor

Juana Moreno Molina

¡Hay que ver cómo son las cosas de la vida! Sorprendida me he quedado con esta historia que les voy a contar. 
A mí me gusta hablar con la gente sencilla de mi tierra, y conocí a José, persona muy conversadora, un día de caminata por las medianías. Les  transcribo su monólogo, pues no me dejaba meter baza. 
 
-Me llamo José y ya tengo cumplidos los ochenta. Como usted puede ver, me encuentro fuerte como un roble, a pesar del encorvamiento de mi espalda y el dolor en los riñones, que alivio gracias al ceñidor. No fumo, y beber, lo que se dice beber... alguna copilla de relancia cuando me encuentro con los amigos en el bar Pinocha. 
 
>Me quedé viudo hace un año y mis hijos ya no están en casa, gracias a Dios. Están establecidos por su cuenta. Lo peor que me pasa es que me encuentro solo, sin María Guía, que Dios la tenga en la Gloria, por más que siempre estoy entretenido con los animales y con las tierras, pero cuando llega la noche es cuando más noto la soledad; la casa vacía. Mis hijos quieren que me vaya a una residencia, pero yo no quiero, nadie me garantiza que ese remedio acabe con esta sensación de gallina sin nidal. Lo que deseo es una compañera que me dé calor, porque todavía puedo corresponder, dice él con un guiño, atusándose su bigote de morsa. 
 
>Mi vida es el campo con mis cabritas, la faena de plantar y el premio de recoger buena cosecha por el trabajo bien hecho no se puede comparar con nada. Donde vivo es como vivir cerca del cielo. Sólo hay un inconveniente: Felisa, la incordiante vecina con la que comparto lindero, que también vive sola. Nadie sabe las veces que he reprimido las ganas de arrancarle el torcido y despeinado moño. Lo último que hizo fue dejar que sus cabras me arrasaran el millo que ya estaba de tres palmos, aunque ella dijo que se le quedó la verja abierta. Mi desquite fue gritarle, llamándola por una fea palabra, que me arrepiento, pero aquello de virarle las tornas cuando regaba las papas no fui yo, como creyó ella, que me llamó sinvergüenza y bandío. Así llevamos mal avenidos desde la muerte de mi mujer, pues antes éramos buenos vecinos. 
 
>Hace días que me venía rondando una idea a la cabeza para acabar con mi vida solitaria y decidí comentarlo con mi hijo Luis, un sábado que nos citamos en El Pinocha. Recuerdo que aquella tarde salí por la parte de atrás de mi casa, donde la higuera, para no verme con Felisa, que, como todas las tardes, se sentaba a su puerta remendando sus enaguas y oyendo la novela en el portátil. Seguro que si me ve, el saludo es como siempre:¡Borracho!, ¿ya vas a Pinocha?, Y yo: ¡Cállate, solterona el carajo! 
 
>Lo que tenía que comentar con mi hijo ya va caminando, y si resulta, pronto acabarán mis problemas... y los de mis hijos.
 
 No volví a ver a José ni sabía si aquel asunto pendiente pudo arreglar sus cuitas, lo cierto es que una noche, viendo en la tele el programa First dates, aquel donde desconocidos encuentran el amor cenando, ¿saben a quien vi? Pues a José, muy compuesto, hasta con corbata. ¿Y se figuran quien fue su misteriosa pareja? ¡Felisa!. Las caras de sorpresa y estupor que pusieron al verse se pudo comparar con la mía delante de la tele. El presentador no sabía qué hacer para que no se fueran, pero lo hicieron: se marcharon de prisita, dejando al presentador con la boca abierta. Por cierto, Felisa estaba radiante, a pesar de ser casi de la misma edad de José. ¡Lo que hace el maquillaje y un vestido alegre!
 
Hoy cambie mi ruta y pasé por el Lomo del Palo con la esperanza de ver a José y saber cómo terminó su aventura. Lo vi sentado en el murete cerca de la carretera, como la primera vez. Al decirle que lo había visto en la tele, me miró avergonzado y éstas fueron sus palabras: 
 
-¡Cuánto aprendí aquel día!  Yo, que me lamentaba de mi soledad, nunca pensé que cerca de mi casa había otra persona ansiosa de compañía como yo: Felisa. No nos dábamos cuenta de que nuestra mala relación era una forma de acercamiento. Ahora reconozco que nos buscábamos por medio de las perrerías que nos hacíamos y las malas palabras que nos decíamos. 
 
>Fíjese usted como son las cosas: Después de aquello, paso por su casa, y, como un muchacho que enamora, le dejo unos cuantos higos maduros que ella no desprecia. Yo noto también que espera verme pasar porque ahora viste distinto y el moño lo lleva bien empenicado . ¿Qué me dice usted?
 
Texto e ilustración: Juana Moreno Molina
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