
“Durante dos semanas atracamos el yate, símbolo del penúltimo liberalismo económico y fiel reflejo de la burguesía vasca, en la magnífica bahía que acogía a la playa de arena amarilla: tan maravillosa y tranquila; incluso llegamos a pensar que ni siquiera nos encontrábamos en el mar Cantábrico.
Fueron dos semanas de descanso y paz marinas que agrandaron el sabor peculiar de la ciudad que se empeñaba, por encima de cualquier vaivén económico, en ser turística, fina y educada. Y lo cierto es que cada día no solo se sentía más europea sino que, además, mantenía la belleza de un tiempo casi permanente: la gente comenzaba a disfrutar de su bello espacio con los vaivenes naturales del vivir.
Pero tuvimos que emprender de nuevo la singladura: aquellos que pretendían encarrilar el pasado misterioso y frío, y de balacera desmedida, se empeñaban, una vez más, en amargarnos el camino, como si solo perteneciera a ellos: el pasado se puede reinterpretar…
Los quince días en aquella bahía nos devolvieron el valor de la vida.
Sin embargo, no estábamos acostumbrados a los milagros cotidianos.”
Juan FERRERA GIL






























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