
“Desde que las luces del ocasional escenario iluminaran mi objetivo, nunca cambié el paso: mandar al otro barrio a hombres-machos se convirtió en mi única pasión. Y en una navidad norteña, al socaire de los belenes y villancicos, que cada año regresan en su eterna repetición, el primero se me puso delante: tontorrón hasta la médula y engreído permanente que miraba con la vista cambada.
Si Edgar Allan Poe no podía aguantarse a sí mismo, yo, feminista recalcitrante, revolucionaria y anárquica, no pensaba quedarme atrás: estaba harta de que siempre las mujeres cargáramos con la peor parte. Así que decidí empezar por aquel tipo vanidoso y experto en filigranas, amante empedernido de los churros con clipper de fresa en las calurosas tardes de verano. Es verdad que era un personaje conocido y reconocido en el lugar: el prototipo perfecto con el que iniciar el escarmiento.
Y una noche de luna llena, casi poética, sin testigos, allí, en plena plaza, le corté la yugular sin remordimiento alguno. Y, dentro de poco, el siguiente.”
Juan FERRERA GIL






























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