
“En el canario y añejo patio de la Casa de la Cultura sucedió todo: un sábado navideño, entre cuerdas, chácaras y tambores, acabé con ella, a la que amigablemente odiaba por su desmedida vanidad y sobredimensionada interpretación. Nadie se enteró de nada. O eso creía.
Solo cuando cayó al suelo al final de la actuación, el policía local de turno, aficionado entusiasta y ocasional del timple, vestido de paisano, se dio cuenta de lo que realmente había sucedido. Miró mi mano y al contemplarla roja y goteando me tiró al suelo, me puso boca abajo y me esposó con una improvisada cuerda de guitarra.
Yo, veinte años después, todavía me pregunto por qué Dios me había dado sombrero si no tenía cabeza.”
Juan FERRERA GIL





























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