Hay una canción que canta Mercedes Sosa, titulada Todo cambia, cuya primera estrofa dice: "Cambia lo superficial/cambia también lo profundo/cambia el modo de pensar/cambia todo en este mundo".
Es relativo el contenido de este fragmento, como casi todo en la vida, ya que, por ejemplo, no cambia el dinero de mano, salvo contadas excepciones: los ricos siguen siendo los mismos. Y cada día que pasa lo son más, porque, como sabemos, el dinero llama al dinero.
No obstante, bien es cierto que cambian muchas cosas, como nuestra fisonomía con el paso de los años y también el aspecto de los lugares por donde nos movemos, como es el caso de Gáldar o Sardina, Ingenio o Agüimes, que van a ser los protagonistas de este relato, junto a la guagua de Guzmán y el coche de hora.
La foto de la guagua de Guzmán que encabeza el artículo es del primer lustro de los años cincuenta, aproximadamente, cuando tanto Gáldar como Sardina no eran ni sombra de lo que son. Han cambiado mucho, al igual que hicieron durante su vida los personajes que aparecen en la instantánea: los conductores, padre e hijo, más un señor con sombrero, a la izquierda, y a la derecha el cobrador, luciendo una curiosa visera, agarrando con la mano un garrafón de ron, y un adolescente sardinero que, a lo mejor, fue uno de los tantos usuarios de la guagua que hacía el recorrido Gáldar-Sardina.
Un pasajero que contempló ensimismado el panorama a través de la ventanilla de la guagua: plataneras y más plataneras, árboles frutales, millo, tuneras… , el barranco exuberante y generoso, verde y florido, y las palmeras enarbolando sus ramas al viento, como si susurraran un hermoso canto a la naturaleza.
Varios años después, en el coche de hora que iba desde Ingenio a Agüimes, una carraca amarilla un tanto destartalada, con ocho añitos, yo también avistaba el paisaje, embelesado no sólo por el encanto de la naturaleza sino por el hecho de que era la primera vez que subía en una guagua y que iba al pueblo vecino. Hasta ese momento sólo me había montado en la vieja camioneta de mi padre para ir a la playa del Burrero o a la de Gando.
Cruzar el barranco de Guayadeque, tan ancho y frondoso, con charcos y pequeñas cascadas, me pareció como estar en una de aquellas películas que había visto en el cine de las tres, los domingos, y me quedé lelo contemplando las vistas.
-¿Te gusta, mi niño? –me preguntó mi abuela, a la que acompañaba en calidad de ayudante. Yo me encargaba de llevar una talega grande llena de tortas de millo, hechas por sus manos, y ella portaba sobre su cabeza, encima de un ruedo de tela, una cereta cargada de pescado salado, cherne casi siempre, que compraba en el mercado de Vegueta.
En cada casa que parábamos, mi abuela se fumaba una cachimba de tabaco negro, sentada en la cocina o en el recibidor, mientras alegaba con las mujeres a las que vendía la mercancía, que ya la conocían de mucho antes.
-Este meleguín es uno de mis nietos, que ha venido a ayudarme. Él se pirriaba por venir, porque así se libra de ir a la escuela.
Todos los lunes de ese año me salvé de la escuela para ir con mi abuela a Agüimes, algo que me encantaba, aunque lo que más me gustaba de aquel trajín de principio de semana era que, una vez vendido el género, ella me mandaba a comprar dos polos de a peseta, que eran como bloques de dieciocho, y terminábamos la jornada chupando y mordiendo hielo con sabor a naranja, mientras esperábamos al coche de hora para regresar a Ingenio.
Bien ha llovido desde entonces, aunque nunca a gusto de todos, y yo, al igual que Antonio Machado, creo que todo pasa y todo queda, pero lo nuestro es pasar. Y desaparecer el día menos pensado, como han hecho mi abuela, el coche de hora, la guagua de Guzmán y los personajes que aparecen, junto a dicha guagua, en la foto que encabeza este relato.
Cosas de la vida.
Texto: Quico Espino
Imagen: Marcelo González Pérez, extraída de la exposición "Sardina, ayer y hoy"
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