
Cada vez que leemos a Juan CRUZ RUIZ no solo consigue llevarnos en volandas por su mundo más cercano y literario, sino que, además, logra que respondamos por escrito (es un decir) a sus variadas propuestas, que siempre nos dejan con el alma en vilo.
En cualquier terreno en que se mueva Juan Cruz Ruiz, y son muchos, nos descoloca y provoca, casi inmediatamente, el deseo de comentar su penúltima propuesta (de ahí, este artículo), aunque ésta haya sido escrita y publicada en 2019. Ya se sabe: las obras literarias no tienen fecha ni edad. Ni caducidad. Porque el escritor portuense (Puerto de la Cruz, Tenerife, 1948) siempre anda inmerso en su penúltimo relato, ya sea periodístico, novelesco o, como sucede en este caso que comentamos, un agradable cuento infantil, que ha adquirido el tono y el ritmo necesarios donde las palabras, arribadas a buen puerto, aparentemente sencillas y claras, dicen más de lo que expresan; por eso esta brevísima lectura recurrente sirve para averiguar su pensamiento más profundo. Que lo tiene y que cada lector descubrirá a su modo y manera. Y en esta oportunidad se vale de una situación cotidiana y familiar y la transforma, con experiencia sobrada, en literaria; entonces, el relato trasciende y continúa en nuestra imaginación mucho tiempo después de haberlo acabado. Porque con una lectura no basta.
Juan Cruz Ruiz posee la capacidad de sugerir, nombrar y llenar de contenido exacto y preciso las palabras más usuales y cercanas. Y, además, en su ancha profundidad también nos acerca sus recuerdos y los deriva en situaciones y lugares rebuscados que en cada línea, en cada párrafo, nos atrapan agradablemente a la vez que nos ubica el inquieto autor en un estado literario que solemos percibir, casi exclusivamente, los empedernidos lectores. No sabemos si nuestro querido y admirado escritor y periodista (sus artículos domingueros en LA PROVINCIA nos resultan imprescindibles en nuestro andar cotidiano) sabe lo que sus textos provocan, en el buen sentido del término. En cualquier caso, no solo escribe por imperiosa necesidad personal sino que sus obras, a nosotros en particular, logran descentrarnos, también en el buen sentido del término, y consigue que nuestra mirada, en calma después del revoltoso zarandeo, en la mañana nubosa (ya se sabe, la panza de burro) mude en celaje transportador sin tiempo.
Es Juan Cruz Ruiz un escritor de raza, que, además de vivir con los pies en el suelo, tiene mucho que decir y contar. Su dilatada trayectoria, sus amplios conocimientos, sus amistades con otros tantos escritores que son y han sido, lo convierten en un claro referente literario que nunca deja de sorprendernos. Sus dos orillas, escritor y periodista, nos marcan el camino: una luz que ilumina el sendero de la sencillez, de las cosas cotidianas y, además, dispone de la facultad cierta de conducirnos a lo verdaderamente relevante, como si alcanzara una nueva característica no señalada anteriormente. Por eso lo tiene tan claro: su prosa, su estilo, sus propuestas inteligentes y únicas: todo ello sirve para afrontar cada instante, cada momento poético que no solo es distinto, sino que, además, posee el autor el don de contar, y eso, la verdad, no todo el mundo lo puede decir.
Este pequeño cuento, editado con cabeza amueblada y con el estilo con que se ha ido señalando y significando Diego Pun Ediciones, un modo tan propio y personal que es muy fácil reconocer, cuenta con un prólogo del propio autor que, sinceramente, nos ha encantado. Ya dijimos antes que Juan Cruz Ruiz escribe derecho y al grano: esa es su personalidad y característica definitoria y su razón de ser; que no es poco, en estos tiempos tan asirocados y raros. Además, las ilustraciones de Tamara de Laval y Oliver Arenas Cruz, otra manera de contar, otro modo de sentir, también tienen su aquel en este librito: pequeño de tamaño, sí, pero grande, muy grande, en sus palabras y dibujos coloreados: tenemos la agradable sensación de haber adquirido dos cosas al mismo tiempo.
Estimado lector: si le gusta leer, no se lo pierda. De verdad se lo decimos.
Porque Juan Cruz Ruiz tiene la mirada no solo de su generación, que también, sino que sus propuestas poseen la autenticidad de no caer nunca en saco roto. Y no todo el mundo lo logra. Por eso “En la huerta de Pulsera, Diego Pun Ediciones, Santa Cruz de Tenerife, 2019” es más que un libro: es la verdad reflejada en palabras y en ilustraciones más que acertadas que nos invitan a seguir mirando con pachorra isleña al lado mismo de las asuntos más normales y cotidianos: la sencillez por encima de todo.
Porque Candelaria, como descubrirán los inteligentes lectores en su momento, nunca deseó ser fotografiada.
Y porque Juan Cruz Ruiz no para de mirar: “siempre sale al mar.”
(enseñARTE, 72)






























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