De compras hace tiempo
Juana Moreno Molina
Ilustración: Juana Moreno Molina
Ilustración: Juana Moreno Molina¿Habría sucedido la historia que les voy a contar ahora que todos tenemos móviles?
Lo pregunto porque nunca olvidaré el mal rato que pasé en Las Palmas aquel día de compras, un día que transcurría satisfactorio y entretenido hasta tuvo un angustioso final.
Ya estaba atardeciendo. Eran las siete y a las ocho salía el coche de hora para el Norte. Regina y yo estábamos apuradas para llegar a tiempo a la cochera después de una jornada intensa en la capital, comprando la tela para su vestido de novia y otros accesorios.
Por la mañana habíamos cruzado el Puente de Piedra hacia Triana, después de mirar zapatos en los cuartillos de Vegueta, que, por cierto, no nos parecieron muy glamurosos para la boda. Nos sentamos en la cafetería La Madrileña, situada en la populosa calle que conservaba aún los antiguos raíles de la “Pepa”, disfrutando de un delicioso café con leche con churros. De paso, miraríamos telas en casa Manolito el árabe, en la esquina de la calle La Pelota.
Por la tarde decidimos acercarnos al Puerto, a “ca” los indios, (como diría mi gente), donde entramos en una tienda, en la cual nos dieron la bienvenida unas vaharadas de aroma de sándalo. Un dependiente moreno muy atractivo nos atendió. Mientras Regina miraba las telas, yo me acerqué a la zapatería de al lado. Al rato se unió a mí, acalorada, con prisas, y compró los primeros zapatos blancos que vio, sin discutir precio, cosa extraña en ella, y nos marchamos, cargando las compras a coger la guagua-jardinera que nos acercaría hasta el Parque San Telmo. De allí iríamos derechitas a las cocheras situadas en la calle Bravo Murillo.
No sé cómo, a la altura del Parque San Telmo, mi amiga desapareció. Nerviosa, la busqué por las inmediaciones llegando hasta la calle Triana e incluso a las cocheras por si se me había adelantado. No la vi. Angustiada, me senté a esperarla en un banco del parque cargada con la mitad de los paquetes de la compra, que ya me estaban incordiando.
Vi a un guardia, uno de aquellos guindillas de la época, y le conté lo preocupada que estaba por la desaparición de mi amiga. Me dijo que, si pasada las 24 horas no aparecía, pusiera una denuncia, pero seguro que aparecería de un momento a otro, me consoló.
Nerviosa me acerque al muelle de Las Palmas por si se había perdido por las inmediaciones de la heladería La Alicantina. Nada, se había evaporado. Me apoyé, cansada, en el pedestal que sostiene el busto de Pérez Galdós, sin saber qué hacer, con ganas de tirar aquellos paquetes al mar, preocupada porque el último coche salía a las nueve y se estaba haciendo tarde. Resolví esperarla sentada en el parque. Las personas que pasaban a mi lado, ligeritas, observaban de reojo mi aspecto desolado, y los vagabundos apostados al socaire de la ermita de San Telmo me miraban enarbolando una botella de ron, provocativos.
El kiosko ya había cerrado y no pude hacerme con algo que llevarme a boca. Estaba muerta de hambre pero resuelta a esperar a Regina el tiempo que fuera. Consideraba a mi amiga una ingenua e inocente joven sin maldad, que apenas había salido del pueblo, y, por eso, yo me sentía responsable de ella.
Pasé un rato horrible, abrazada a los paquetes que me tenían hasta el moño, en aquel duro banco de piedra. De vez en cuando pasaba aquel guardia y me echaba una mirada de ángel custodio. En una de éstas me dijo que estaba de guardia en el parque toda la noche y rondaría por allí, por lo cual sentí un gran alivio.
Ya era cerca de las nueve de la noche y seguía mi angustiosa preocupación por Regina. Ya me la imaginaba secuestrada, violada y asesinada en cualquier rincón de la ciudad por algún depravado, figurándome la pena de sus padres al perder a su única hija, tan joven e inocente. Y su novio, que tanto la quiere, pobrecillo, ¡cuánto lloraría!
Ya me disponía a marcharme sin Regina cuando, al mirar hacia el Hotel, a pocos metros del parque, mis ojos no podían creer lo que estaban viendo: era ella con el joven indio que, enlazados por la cintura, subían a un taxi. Salieron de mi campo de visión tan rápido que no pude gritar para llamarla. Me levanté del banco, con la boca abierta aún, dejando caer los paquetes al suelo. El guardia se acercó y yo, tartamudeando, le conté lo que había visto.
Resumiendo. El agente me buscó un taxi aquella noche para que me llevara a Gáldar, pues el último coche de hora ya había traspuesto.
Al día siguiente vino Regina a mi casa a darme explicaciones. No acepté su justificación y perdimos las amistades. Ella se casó al poco tiempo con su prometido, como tenía previsto.
Nunca comenté con nadie lo que pasó aquel día en Las Palmas.
Por cierto, un domingo apareció aquel guindilla por la plaza de Gáldar, vestido de paisano, y me alegró la tarde.
Texto e ilustración: Juana Moreno Molina


























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