La imagen retrospectiva, o flashback, como saben, es muy habitual tanto en el cine como en la televisión o en la novela: los personajes evocan escenas de su pasado y éstas aparecen en pantalla, o escritas, siempre ambientadas para que no se salgan de contexto y transmitan credibilidad.
La pantalla con la que contamos los seres humanos, cuando pensamos en el pasado, es la memoria, un infinito almacén de recuerdos, por la que las imágenes pueden pasar a velocidad normal, ralentizadas o rápidamente, según interese a la persona que está recordando.
Bien es sabido que un olor o un sabor determinados nos puede retrotraer en el tiempo y trasladarnos a etapas distintas de nuestra vida. Es el caso también de una imagen como la foto que encabeza este artículo, la cual nos transporta a una época en la que a Sardina se le puede decir que ahora ya no es ni sombra de lo que fue.
Pero claro, eso mismo le ocurre a otros muchos lugares. Yo no conocí Sardina, mi pueblo de adopción, de esa guisa, pues ni había nacido, pero sí recuerdo cómo eran las playas que frecuentaba en mi niñez: El Burrero, Gando, Ojos de Garza, Tufia y, sobre todo, Agua Dulce, donde, con ocho años, viví tres meses en una cueva frente a la playa. No había entonces ni una casa en el litoral, sólo dos o tres casetas con un aspecto un poco más depurado que la chabola que vemos en la foto de la playa de Sardina, donde ahora están los baños públicos, que, la verdad, sólo son públicos en verano, cuando están presentes los miembros de la Cruz Roja.
A veces, remedando a John Osborne, que escribió la obra teatral “Mirando hacia atrás con ira”, estrenada en Londres en 1956, contemplo mi pasado con cierto resquemor porque, por ejemplo, los militares nos quitaron la mejor playa que tenía Ingenio, la playa de Gando, y, sobre todo, porque ya la Iglesia me había metido el miedo en el cuerpo: hice la primera comunión antes de los siete años y el pecado empezó a formar parte de mi vida, pues todo era pecado, junto al diablo, el infierno y el fuego que te salía por la boca si comulgabas en pecado mortal, simplemente por haberle dicho cabrón o maricón a mi hermano o al alguno de mis amigos poco antes de ir a misa. ¡Qué horror! No sé ni cuantas veces vi las orejas del diablo tras las piteras.
Por suerte prevalecen en mis recuerdos otras experiencias mucho más agradables, como es el caso de haber vivido tres meses en una cueva frente al mar, una cueva grande con distintas concavidades en las que convivíamos varias familias. Una sábana separaba cada departamento y eran tres las que ondeaban dentro del recinto en aquella ocasión. Un viaje de chiquillos entrábamos y salíamos continuamente de aquel socavón en la montaña, por cuyos sinuosos veriles accedíamos a la playa.
Estábamos fijo en remojo, jugando a esto y a lo otro, a la caza del membrillo, a pasar entre las piernas de otro bajo el agua, saltando de la Plancha, la Filúa o la Barcona, nuestros trampolines naturales, y cuando mis hermanos y yo, tiritando, salíamos del agua, por la llamada a comer de mi madre, que golpeaba una sartén vieja con la manilla del almirez, mi padre nos daba la bota de vino moscatel para matar el frío, con la advertencia de no desperdiciar ni una gota.
Imborrables esos recuerdos. Como los de las hogueras que hacíamos en la arena, de noche, para asar potas, pulpos o sardinas, y con las “cantaneras” que se formaban al lado del fuego. Todo el mundo cantaba al son de una guitarra que tocaba mi tío Paco, que era ciego y que tenía los dedos tan gordos que siempre me pregunté cómo hacía para que le cupieran en los trastes del instrumento.
Evocar esos momentos no me produce nostalgia alguna sino que hace que asome una sonrisa a mis ojos. Una sonrisa con la que me gustaría recibir al futuro incierto. La misma sonrisa con la que, cuando me toque, desearía despedirme de este mundo.
Texto: Quico Espino
Fotografía: postal, fue cedida por Juan Carlos Estévez Rosas
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