Fabiola SocasSu voz ilumina el paisaje. Sea el que sea, nos lo hace ver de otra manera, lo sensualiza de tal forma que lo sentimos cerca, lo olemos, lo tocamos, lo hacemos nuestro, dejándonos, a veces, un olor a maresía, otras a brezo, otras a tierra y, con ello, un sentimiento que oscila entre el amor y la magua.
Ya en el vientre de su madre, escuchaba voces que tal vez no pudiera identificar con algo que llenaría su vida: eran los tangos y los fados de su madre, la voz de su padre, cantando folías con los Chincanayros, mientras viajaba con ellos —digamos que de “polizón”— a Venezuela.
En Icod de los Vinos, su tierra natal, un 21 de marzo de 1977, Fabiola no vio la luz, nos la trajo, porque hay más luminosidad en su rostro y en su voz que en la de muchos ojos que solo miran, como de pasada, lo que tienen a su alrededor. El canto de los pájaros, anunciando la primavera de ese año, se unió al nacimiento de una voz que tendría de ellos el impulso incontrolable por anunciar la vida.
Sin embargo, un día tuvo la oportunidad de cantar con un grupo, el grupo Agarfa, en el que también cantaba su padre, y fue como retornar a sus raíces, como un reencuentro con esa música que ya no dejaría. Ya desde los nueve años entró a estudiar en el Conservatorio de Música, a pesar de alguna que otra mente obtusa que ponía en duda su capacidad para terminar los estudios, dada su ceguera. Se conoce que esta persona no tenía ni idea de quiénes eran Stevie Wonder, José Feliciano o Ray Charles, dijo Fabiola en una entrevista.






























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