Siempre alerta

Quico Espino

Aunque nos pueda parecer muy simpática su figura, el suricato no se pone de pie para hacernos gracia sino para ver si hay moros en la costa. Su cuello rota de un lado a otro  y sus ojos otean en la distancia, inquietos, alarmados, pendientes de todo lo que ocurre a su alrededor, de que se muevan las ramas de un arbusto, del más ligero aire que se levante de repente.

 

De ello depende su vida. Sus vecinos no son precisamente muy amistosos.

 

[Img #7344]

 

El leopardo está al acecho. Subido sobre un promontorio de piedras, ha visto al suricato. Sabe que es simplemente un bocado de nada, que no pesa ni un kilo, pero tiene hambre atrasada y cualquier cosa le consolará el estómago. Y aunque no está seguro de poder atraparlo, ya que el suricato es rápido y tiene cerca la madriguera, pronto saldrá corriendo para intentar cazarlo.

 

[Img #7346]

 

También ha visto al suricato una leona, que se aleja de los elefantes del desierto para que no la pisen. Al igual que el leopardo, está pasando hambre desde hace unos días, pues se ha acentuado la sequía y escasea la caza. Además tiene un rancho de hijas, ya cachorras,

 

[Img #7347]

 

… que no están acostumbradas a la carencia de comida y que matan el tiempo durmiendo para no gastar energías. 

Tampoco puede contar la leona con el macho de la manada, que últimamente anda de capa caída,

 

[Img #7348]

 

… ya que se está recuperando de la mordida en una pata que le pegó una hiena, la cual, junto a una jauría de congéneres, le arrebataron un antílope ruano que había cazado. El pobre, que ya está mayor, se quedó hecho polvo y, aunque también se percató del suricato, “empenicado” en medio de la llanura, nada pudo hacer para cogerlo.

Acechado desde varios flancos, el suricato, siempre alerta, no sólo escapó esta vez de las garras de sus depredadores, sino que acorraló y cazó a un lagarto tan grande como él y se lo llevó a su madriguera, donde lo compartió con su familia.

Esta historia ocurre a diario en el interior del desierto de arenas rojas del Namib, que se extiende a lo largo de la costa de Namibia, entre el río Orange, al sur, frontera con Sudáfrica, y el río Kurena, al norte, lindando con Angola,

 

[Img #7349]

 

… y yo, que soy dado a soñar con lo que veo, leo o escribo, soñé con el suricato tan pronto como me quedé dormido. El centinela del desierto, de pie, con esa postura suya tan característica, no estaba esta vez alerta, no había alarma en su mirada, sino que disfrutaba del sol, que tanto le gusta, mientras yo me acercaba a él, pues sabía a ciencia cierta que no corría ningún peligro.

Texto: Quico Espino

Fotografías: Ernesto M. Saavedra.

Comentar esta noticia

Normas de participación

Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.

Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.

La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad

Normas de Participación

Política de privacidad

Por seguridad guardamos tu IP
216.73.216.172

Todavía no hay comentarios

Quizás también te interese...

Quizás también te interese...

Con tu cuenta registrada

Escribe tu correo y te enviaremos un enlace para que escribas una nueva contraseña.