Dormir en el desierto

Quico Espino

Foto: Guillermo Morales MateosFoto: Guillermo Morales Mateos

Parece que puedes coger las estrellas con la mano. Da la impresión de que uno está durmiendo en el cielo, de lo cerca que se encuentra.  Con la imaginación, en lugar de planeta en planeta, como El principito, puedes viajar de estrella en estrella.
 
En una te encuentras con una reata de camellos, como la foto que encabeza el escrito, conducidos por un tuareg que lleva cubiertas la cara y la cabeza con un tagelmust, un pañuelo tipo turbante que puede medir más de diez metros de longitud, bajo un cielo crepuscular.
 
En otra te invitan a un té de menta y a unas pastas deliciosas en una jaima decorada con colores vivos. Enfrente un camello te espera para que pasees sobre su lomo por las dunas del desierto, bajo un cielo rojizo y ambarino, antes de que caiga la noche.
 
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En una tercera estrella te puedes encontrar con un tuareg envuelto en su tagelmust azul, que te cuenta, con pelos y señales, la historia del pueblo bereber.
 
[Img #6900]

 

Según Yves Saint Laurent el pueblo tuareg está tan vivo como el azul con el que se viste.

 

Hace tiempo que tuve la extraordinaria experiencia de dormir en el desierto del Sahara, en el de Merzouga más concretamente, que es una de las puertas marroquíes al mayor desierto del mundo, y fui hasta allí desde Fez en un viaje de diez horas, en un cuatro por cuatro, contemplando unas vistas impresionantes, a través del Atlas Medio, del Bosque de Cedros de Gourad, del Valle del Zis y de la presa Hassan Al-Dakhil, que son los nombres de los lugares que recuerdo. 

 

También recuerdo que, una vez en el desierto, la temperatura pasaba de treinta grados de día a dos grados de noche, por lo cual había que ir bien pertrechado de ropa apropiada para no pasar frío ni calor, y que las dos noches que dormí cubierto por un cielo de estrellas siguen indelebles en mi memoria.

 

Me las hizo evocar estos días un amigo que ha estado recientemente en Marrakech y que desde allí, también en un todo terreno, se trasladó, en un viaje de seis horas, al desierto de Zagora, que no tiene dunas y que es otra puerta marroquí al inmenso Sahara, atravesando la ruta de las Mil Kasbash, o castillos del desierto, donde se pueden visitar pueblitos bereberes y ruinas espectaculares como la fortaleza de  Ait Ben Haddou, sin perder de vista los majestuosos paisajes del Atlas, que aún estaba nevado.

 

[Img #6899]

 

Rodeado de arena y camellos, en una jaima con camas, cojines y alfombras de colores llamativos, también él vivió la magia de dormir en el desierto, arropado por un manto de estrellas.

 
Texto: Quico Espino
Imágenes: Guillermo Morales Mateos
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