Poca gente. Foto: Juan FERRERA GIL“Aquella mañana aún había poca gente en la playa; así que no pude cumplir mi objetivo: tampoco pasa nada. Como traía tan desconcertada a la policía, pensé que un día más sin sangre derramada me vendría bien. Ya se sabe que la venganza se sirve fría; por eso esperé a esa otra mañana tan gris y tan llena de calima que arrastró de nuevo a la gente al enésimo baño playero. Pero tampoco pude: entre las barcas varadas en La Puntilla un policía de paisano sospechó de mí y me detuvo. Yo le dije una y mil veces que se equivocaba. Sin embargo, di con mis huesos en la comisaría y allí, después de los interrogatorios lentos y “pachorrús”, me vine abajo; eso sí, con dignidad. Y confesé cómo había acabado con aquella mujer gorda que jugaba a la lotería continua y desaforadamente: no soportaba su mirada de pueblerina isleña, ni las sonoras carcajadas de victorias ruidosas en líneas de cartón.”






























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