Labrante. Foto: Juan FERRERA GIL“Ahora que contemplo la iglesia, no sé cómo logré encaramarme a sus torres y con los pocos medios que había entonces: la juventud, que es muy atrevida. A mí esta imagen me resulta tan sugerente que, de repente y sin pedir permiso, todos los recuerdos de aquellos años han sobrevenido como un auténtico vendaval que me ha hecho revivir el inevitable paso del tiempo y el vértigo que entonces sentí. Su construcción fue no solo mi primer trabajo, acaso el único, sino que aprendí, entonces, todos los secretos que encierra la cantería.
Pero a mí, la verdad, me gustaba trabajar al lado de mis compañeros, a ras de suelo, en aquel chamizo que había en la entrada lateral de la iglesia, donde de la sacristía. Y recuerdo, sobre todo, que entonábamos en grupo viejos boleros mientras el cincel y el martillo hacían “cantar” a la piedra. Ese “runrún” sigue presente en mi vida.”






























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