El olvido

Quico Espino

El cielo se olvida de la luz y de los colores cuando el sol se duerme, y la oscuridad,  olvidada durante el día, se abre paso de nuevo para afincarse en la noche.

 

Parece ser que todo se olvidará algún día. No quedarán recuerdos de ningún sujeto que tenga vida, ni siquiera del sol, que está a mitad de su existencia. Sólo le quedan unos cinco mil millones de años, que vienen a ser aproximadamente cuarenta o cincuenta años para un ser humano longevo.

 

A mí, claro está, me dará lo mismo cuando eso ocurra, ya me dirán ustedes, como supongo que les dará igualmente lo mismo a Leonor de Aquitania o a Cervantes, a Nefertiti o a Tutankamón  que nosotros todavía les recordemos y hablemos de sus vidas y milagros, porque ya ni siquiera son polvo en el viento, tal y como dicen los cantantes del grupo Kansas. 

 

Todo pasa y todo queda, dijo Machado, supongo que sin pensar que algún día no quedará sino la nada, el limbo en el que estábamos antes de nacer, el mismo en el que estaremos después de pasar a mejor vida, que es un eufemismo como otro cualquiera, igual que decir que una mujer está en estado de buena esperanza cuando se queda embarazada.

 

A Woody Allen le preguntaron: “¿Qué opina usted de la muerte?” Y él respondió: “Estoy totalmente en contra”. Yo tengo la misma opinión (seguro que no soy el único) pero como sé que no me queda otra, que esto es lo que hay y no voy a sacar nada resistiéndome, pues tiendo a aceptar la realidad y procuro poner buena cara al mal tiempo. 

 

Intentaré por todos los medios que las amarguras y el miedo, como el polvo, se vayan con el viento y prevalezca siempre una sonrisa. En ese sentido escribí el poema sin rima que les presento a continuación:

 

Cuando se me acabe el tiempo
quisiera despedirme con una sonrisa,
sin miedo,
y, dando gracias a la vida,
dejarme ir 
sin amargura ni bulla,
como quien tiene que marcharse sin más.

 

Nada va a cambiar
porque yo me vaya satisfecho
o asustado,
pues continuará soplando el viento
y la vida de un niño
seguirá dependiendo  de su llanto
al nacer.

 

El aliento de la tierra
serán siempre las olas de la mar
(arrullo perfecto para el descanso eterno)
que acarician la playa,
y se encrespan
y rugen
y se llevan los sueños en la espuma.

 

Tampoco dejará de salir el sol
cuando yo me haya ido,
y la luna seguirá encantando
a quien se enamore de ella.

 

El orden de las cosas naturales
no va a trocarse
por mi inexistencia.

 

Es por eso que yo
ante la inminencia de la nada
a la que voy a sumarme 
un día,
preferiría una sonrisa
en mi mirada vagabunda

¡ojalá! 
haya alguien a mi lado
a quien le pueda decir
“te quiero, te quiero mucho, 
adiós”.

 

Y al olvido.

 

Texto: Quico Espino.

Imagen: Ignacio A. Roque Lugo

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