Verónica Bolaños HerazoSe negó a dar la hora. Maldijo a quien lo inventó. Se quedó con las agujas marcando las doce. Cansado de ver cómo transcurría el tiempo sin que sucediera nada interesante en esa casa, un día pensó «nada ocurre, qué más da, estoy agotado de marcar segundos, minutos y horas, para nada»…
Las mujeres le cambiaron la pila, lo agitaron, lo limpiaron y hartas de que no funcionara lo regalaron al vendedor de pescados. El hombre lo colocó encima de los bagres frescos.
Abrió los ojos y se encontró con los otros ojos, cristalinos y agonizantes. El olor le causó náuseas y deseó caerse de la palangana y estrellarse contra el suelo.
Qué más daba, si había decidido morir, un golpe fuerte contra el asfalto, tal vez le produciría dolor, los números huirían del encierro y por fin serían libres, gozarían por primera vez del privilegio de funcionar por sí mismos, de juntarse pares con impares o gozar del juego de las sumas, restas, multiplicaciones y divisiones.
Entonces, dejaría de ser el enemigo de los hombres, que marca y corre sin compasión, dejaría de advertir desde la pared la transformación del ser humano a través del tiempo.
Verónica Bolaños Herazo






























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