El callejón de los milagros

Quico Espino

Por este callejón pasaba la acequia del pueblo. Se escuchaba el sonido del agua al correr, junto al cuchicheo de las mujeres que lavaban la ropa y el frotamiento de sus manos contra la tela para quitar la mancha de una camisa o de unos calzones. 

 

Las mujeres mayores, tradicionales cien por cien, llevan el pañuelo amarrado al quejo y van de luto casi todas, hablan de lo divino y de lo humano y se persignan cada dos por tres ante cualquier circunstancia que les parezca relevante, sobre todo un chismorreo: “¡No me lo puedo creer, muchacha!”. “¡Mejor tuviera vergüenza!”. " Mira tú que la hija de fulana se quedó compuesta y sin novio! ¡María santísima!".

 

También suelen hablar de los seriales radiofónicos de la Cadena Ser, de “a ver qué hago hoy de comer”, de los maridos, de los hijos, de lo habido y por haber, y a veces, entonan alguna copla o un tango que una de ellas empieza y luego siguen las demás, incluidas las mujeres jóvenes, que sueñan con un mundo nuevo, aventuras y con un príncipe azul que les dé placer y riqueza.

 

Era una estampa habitual en el callejón. De esas que quedan siempre en el recuerdo. Como la del rancho de chiquillos jugando al boliche, o a “piola”, que había que saltar un calce, una media  o una plancha y el que lo hacía se caía a veces a la acequia, ante la algarabía de los otros, que se mondaban de risa.

 

A la entrada del callejón, a un lado, hay una cruz en memoria de un hombre que fue arrastrado hasta allí por un toro enardecido, y hay que persignarse obligatoriamente tanto entrando como saliendo. Es pecado no hacerlo.

 

La salida del callejón da a la carretera principal, por donde pasa un coche o alguna moto cada media hora, y los niños aprovechan para jugar a la pelota (todavía no se conocía el inglesismo fútbol), con porterías y todo, cuatro piedras que ellos ponen y quitan. 

 

Una tarde, mientras las mujeres lavan la ropa y los niños juegan, una motocicleta, cuyo conductor viene borracho,  irrumpe en el callejón y atropella a un chiquillo que está agachado, pegando el dedo gordo de su mano a un boliche y pensando en cómo darle al otro boliche que tiene enfrente.

 

El golpe de la moto lanza al niño a la acequia, en la que, por arte de birlibirloque, cae sentado, con cara de susto pero sin ningún síntoma de dolor. 

 

Cuando se levanta, como si nada, sin una herida, sin un rasguño, las mujeres, persignándose, aseguran que aquello es un milagro.

 

Desde entonces aquel callejón pasó a llamarse El callejón de los milagros y así lo seguimos llamando quienes quedamos vivos.

 

Por eso me resultó curioso toparme, ya adulto, con una novela del premio nobel egipcio Naguib Mahfuz, que precisamente se titula El callejón de los milagros y en la que, también por casualidad, se habla de un conflicto entre la tradición y lo moderno, de la vida cotidiana de las clases populares, sus costumbres, su realidad, que a veces es surrealista con toques de realismo mágico, como el caso, en el callejón de mi infancia, del niño que es atropellado por la moto y no sufre lesión alguna.

 

Me encantó el callejón del señor Mahfuz, las historias que cuenta son sugerentes, pero me quedo con el mío, porque forma parte de mis recuerdos, de mi vida, y porque huele a jazmín y a limón.

 

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Texto e imágenes: Quico Espino

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