Hacernos Universo
El mundo, como planeta, hace lo suyo rotando y orbitando en la oscuridad interplanetaria. Pero el mundo referido solo a nosotros poco hace de lo que naturalmente se le pide. Porque no todos los humanos vamos al son de la Tierra. Si me paro a pensar, esbozo tres grupos de dichos humanos:
Los primeros somos todos aquellos que nos descompasamos por quedarnos inertes. La apatía, la pereza, la frustración, la monotonía… todas ellas, son malas vibraciones que van apareciendo en la música de nuestra vida sin darnos cuenta. Como un zumbido de fondo, que acaba por no dejarnos escuchar lo que sucede a nuestro lado ni en nosotros. La cura para acallar este mal es alegría. Contentar al alma da ánimo y vitalidad, instrumentos que son mano de santo para quien no encuentra sentido a vivir.
Por otro lado, estamos los que perdemos el ritmo por andar siguiendo al falso mundo. Este está muy presente en nuestros días y dícese de aquel mundo controlado por el dinero y la empresa, donde todo ha de ir rápido y sin freno.
Este mal es un ruido que ya ensordece a mucha gente, las cuales viven sordas sin parase a pensar ni un momento en sus vidas, cobrando y gastando, sin un objetivo vital más allá de consumir. Sin embargo, esta arritmia también tiene remedio: la paciencia, que es el buen tambor que marca con tranquilidad el pobre tempo de la paz.
En el tercer grupo estamos los teóricos. Estos somos los que sabemos cómo fluye la música eterna, mas no manejamos ni dos claves a compás. Véase el ejemplo en mí, que peco de estar en los grupos anteriores aún mientras predico esto. Porque una cosa es decir “sean alegres” y otra ser yo lo suficientemente alegre como para transmitir dicho bien.
En esto último es en lo que quisiera incidir. Pues al ser joven sé que muchos de mis contemporáneos conocen, incluso mejor que yo, lo que se ha de hacer para cambiar el mundo. Pero nadie hace nada. Nos cuesta tanto buscar ideales entre tanta corrupción y aprender a amarnos y movernos entre tanta dificultad y burocracia que muchos, al encontrar firmeza, nos acomodamos y aferramos a esa zona de confort.
Relacionamos esa fuerza encontrada con ser piedra y sí, debemos ser piedras, pero piedras vivas. Porque también son de piedra y metal los querubines de las iglesias, pero detrás de ellos están los de verdad, trabajando por el mundo invisiblemente. Y ahí está la clave del antídoto contra todo. Lo invisible, la fe, lo único que sin verse puede mover montañas. Pero… dónde está la fe. Pues en donde no hay zumbido ni ruido del mundo, sino solo silencio divino.
Aseguro, más por experiencia ajena que propia, debido como dije a que soy muy imperfecto, que escuchando el silencio de la naturaleza, podremos poco a poco vivir bailando con la música del universo. ¿Y quién no querría esto, si esta música no es otra sino la del amor?
En conclusión, el mundo necesita gente universal, que viva, actúe y comparta. Personas valientes y con coraje, dispuestas a ayudar con la sonrisa como primera herramienta. Luchadores de la verdad y la paz, armados de paciencia para arreglar toda injusticia.
De este modo, humildes y desprendidos, la humanidad será una con todo lo creado, y su amor, como el universo, no cesará de expandirse. Este ejército de caridad, cada vez más puro y perfecto, conquistará muchos corazones y convencerá muchas mentes. Entonces, hallaremos nuestro destino final, la libertad, y sonará el himno de la victoria.






























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