Foto: Ernesto M. SaavedraNo tenía los poderes telekinésicos del personaje de Roald Dahl, una niña que movía objetos según sus deseos, pero, aparte de los vocablos mamá, papá, “bela” (por abuela), “elo” (por cielo), entre otros pocos, Matilda ya sabía perfectamente lo que significaban las palabras yo y “ero” (por quiero).
Y cuando se “empenicó” para agarrarse a la soga del mirador, ante la atenta mirada de sus padres y de su abuela, Matilda dijo: yo ero elo. Lo quiso y lo tuvo a su manera, un cielo inmenso y grandioso bajo el que se estaba criando, y entró en él con la mirada, abstraída en un halo de inocencia, un limbo especial en el que sólo viven los niños.
De pronto llegaron nubes oscuras y, al girar la cabeza hacia un lado, Matilda vio un cielo distinto, como pintado con acuarelas y surcado por un arco iris,
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…el cual veía por primera vez.
Se maravillaron sus ojos. El asombro y la admiración se reflejaban en su cara cuando se giró a mirar a sus padres y a su abuela. Y después de decir: yo ero, entró en un mundo de colores.
Texto: Quico Espino
Imágenes: Ernesto M. Saavedra e Ignacio A. Roque Lugo





























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