Todas las noches se repite la misma historia. Me da pánico ir a dormir. Retraso cada vez más ese momento. Me ducho con agua caliente. Una ducha larga y tranquila. Me pongo mi pijama y me seco el pelo cuidadosamente. Luego voy a la cocina y ceno algo ligero. A veces un yogur, otras una tortilla francesa. Mientras ceno, veo un poco la tele. Cualquier serie es buena. Noche tras noche. Pero nada me distrae de ese terrible momento. Lo tengo metido en la cabeza. Clavado en el cerebro. Ese preciso momento en el que me dirijo a mi habitación; me meto en mi cama; compruebo por última vez los mensajes en mi móvil; apago la luz y, con un enorme suspiro, me dispongo a conciliar el sueño.
Intento seguir todas las noches esa misma rutina. Aunque antes de dirigirme hacia mi dormitorio, siempre hago una parada obligatoria en la habitación de mi hijo; le doy un beso de buenas noches y charlamos un rato. En su cama me pregunta cuestiones propias de su edad. Pareciera como si él también quisiera retrasar el momento en el que apague la luz y se quede solo en su habitación. Me reclama una y otra vez, preguntándome esto y aquello. “Mamá, ¿por qué….? “ “Mamá, ¿cuándo…? “ “Mamá, ¿y si…? “ “Mamá… “ “Mamá…”
Creo que, bajo su cama, algo está pasando. Aunque no lo sabe, no entiende qué. Muchas noches me pregunta si puede dormir con su padre y conmigo, en nuestra habitación. Yo siempre le tranquilizo. “Estamos al lado”. “Tenemos la puerta abierta”. Pero algo está empezando a despertar bajo su cama. Muy parecido a algo que conozco muy bien.
Todas las noches, desde hace ya tiempo, siento al monstruo que vive bajo mi cama. Por el día, se esconde tan bien, que no puedo verlo. Pero por las noches, es otro cantar. Como cada noche, no aparece desde que me acuesto. Me deja dormir algunas horas. Sin embargo, entre las 2 y las 3 de la mañana, de forma repentina: “zas”. Ahí está. En la oscuridad puedo sentirlo. No hace ruido, pero lo siento tan cerca que me asusta. Angustiada, miro la hora en el móvil. Las dos y media. Las tres. Las tres y media. Las cuatro.
El pulso se me acelera. El corazón me late a mil por hora. Me siento aturdida, mareada. Intento respirar profundo, pero el mismo aire parece asfixiarme. Me ahogo. Tengo miedo de encender la luz y encontrármelo mirándome. Me escondo bajo las sábanas.
A pesar de ese miedo que me tortura, mi monstruo y yo siempre charlamos. Por supuesto que yo quiero dormir, pero él siempre gana. Es más fuerte que yo. Empieza a repasar con mucho cuidado todo lo que ha sucedido en el día de hoy. Parece que estuvo presente. “No hiciste lo que debías”. “¿Por qué dejaste que te hablaran así?”. “No deberías haber hecho esto… o aquello”. Es un monstruo muy hablador. No para de atormentarme. No me deja dormir. Necesito dormir.
Hoy me he despertado y, por fin, me he decidido. Después de años luchando contra mi monstruo. Por fin me he propuesto hacerlo desaparecer para siempre. He esbozado un plan muy detallado. Es un plan infalible. Hoy voy a hacer lo mismo de cada noche. Me ducharé. Me secaré el pelo cuidadosamente. Cenaré y miraré la tele. Iré a la habitación de mi hijo y le daré su beso de buenas noches. Charlaré con él durante un rato. Intentaré de paso asustar un poco a su monstruo ahora que es más pequeño.
A continuación, iré a mi habitación. Me meteré en mi cama. Miraré por última vez los mensajes. Cerraré los ojos y dormiré. Hasta que mi monstruo venga a despertarme. Pero cuando esto ocurra, no sabe la sorpresa que le espera.
No sabe que tengo un plan para acabar con él. No lo sabe… Tic tac. Tic tac.
Guacimara Moreno Bolaños





























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