Miradas

Se pierde la mirada del fotógrafo entre los pinos erguidos y frondosos, por las montañas superpuestas: Altavista, Tamadaba, Mesa del Junquillo… hasta llegar a La Aldea, para adentrarse luego en un mar cubierto de nubes y en el cielo, con el sol poniente como punto de fuga que se deshace en colores para envolver al Teide altanero y sensual.
La vista no fue el único sentido en el que reparó el fotógrafo al sacar la instantánea, pues le llegaba el zumbido del viento en los árboles, el campaneo de los cencerros de un ganado de ovejas que pastaba por los alrededores, el olor a pino que se extendía por la cumbre, un aroma a trementina que embriagaba a las montañas y al cielo, sin olvidar la sensación de frío que le erizaba la piel, a pesar de estar bien abrigado, y el roce de sus manos con la cámara.
Sólo le faltó llevarse una brizna de hierba a la boca para completar los cinco sentidos.
Días después, en su estudio, habiendo visto la fotografía y para reproducirla fielmente usando acríclico sobre lienzo, fue esencial también la mirada del pintor.
Con una destreza prodigiosa, el retratista capta los distintos planos: árboles, montañas, nubes, cielo, con el sol poniente como hipnotizante centro de interés, para construir un cuadro que parece una copia de su modelo:
![[Img #4506]](https://infonortedigital.com/upload/images/01_2023/5201_pinturaantonio-juan-valencia-moreno.jpg)
No sintió el pintor el olor de los pinos ni el rumor del viento ni el frío de la cumbre en invierno, que erizó la piel del fotógrafo, pero sí la fragancia de las distintas pinturas, el sonido armonioso de los pinceles al colorear el lienzo, manejados con sus dedos, y el ambiente tibio del recinto en el que se hallaba contemplando la tranquilidad del ocaso, el último instante del sol, mientras saboreaba una copa de vino.
Están presentes todos los sentidos pero es la vista la que prevalece, pues el ojo es la ventana del alma. Dos miradas para un mismo paisaje, la del fotógrafo que lo vio en directo y la del pintor que pretende trasladarse a ese instante que captó la cámara y que logra plasmar en el lienzo con absoluta fidelidad.
Son miradas enamoradas del cielo, del mar, de las montañas, de los árboles…
De todas las maravillas que la naturaleza nos ofrece.
Texto: Quico Espino
Foto e ilustración: Ignacio A. Roque Lugo y Antonio Juan Valencia Moreno



























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