Los primos

Juana Moreno Molina

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Todavía hay mucha gente que piensa que las familias que viven en el campo, trabajando con muchos sudores la tierra que les da de comer, son ricas. En el nuestro, no, por supuesto. Si así fuera, no veríamos tanta tierra de labor abandonada, reseca o cubierta de malas hierbas.

 

Todos sabemos que la falta de lluvia, así como el encarecimiento del agua de riego, entre otros factores, es lo que hace que muchos agricultores abandonen el campo. Una parte de los que se quedan, creo que lo hacen por el inmenso amor que les une a la tierra y su satisfactorio modo de vida.

 

Estamos a finales del siglo pasado y es víspera de Navidad. En la humilde casa de aquel matrimonio se respira una gran alegría, pues esperan para la cena de esa noche a unos parientes venidos de la capital que hace muchos años que no ven.

 

Petra elige del gallinero a una de las seis gallinas que tiene para hacer un buen arroz. De postre pondrá unas manzanas del huerto y natillas hechas de la leche de sus cabras. Hace días que ha comprado una botella de vino moscatel que mantiene fresca en la cueva y que le servirá de colofón a tan opípara cena.

 

Petra está satisfecha por el banquete preparado. Es una noche especial y una oportunidad de agasajar a su familia y a los parientes de la capital.

 

Normalmente su huerto les abastece de casi todo: coles, tomates, papas, judías, etc. Los huevos de sus gallinas y los excedentes de la huerta los trueca en la tienda del pueblo por otras necesidades. El gofio nunca falta y algún jueves baja al mercadillo, en la guagua de las Medianías, a comprar algo de ropa necesaria, porque ya se sabe, cuando hay niños...

 

Viven bien, son felices, no tienen grandes aspiraciones, solamente piden salud. Su marido alterna el trabajo de peón con el cuidado de sus tierras junto a Petra. Orgullosos de su entorno, disfrutan de las vistas de sus montañas y prados que, en la primavera pasada, lució mil colores, destacando los tajinastes blancos, la salvia de un rosa subido y, por las veredas, orillando, las margaritas compitiendo su presumir con las rojas amapolas.

 

Ahora, en invierno el paisaje de su entorno es escandalosamente verde, y si a todo esto se une la suerte de haber corrido el barranco… pues… una alegría más. Este es el sencillo mundo que no cambian por nada.

 

Por la tarde llegan los invitados, muy trajeados, a bordo de un lujoso coche que dejan al lado de la casa. Después de los saludos, Petra y su marido, José, les presentan a sus retoños, limpios y bien peinados; luego les enseñan la huerta que cultivan con primor, las gallinas, las cabras...

 

Están muy orgullosos de sus posesiones. Los invitados alaban todo, pero Petra y José notan poca sinceridad, más bien un cierto desprecio por su vida de campesinos. Consideran, apesadumbrados, que sus primos están acostumbrados a un nivel de vida muy distinto al de ellos.
 

También en la comida, los anfitriones advierten que sus invitados comen con muchas ganas, se diría que con avidez, sin dejar de comentar los lujosos restoranes que frecuentan y sus selectas amistades.

 

Al terminar de comer ya era hora de asistir a la Misa del Gallo. Invitan a sus huéspedes, pero estos dicen que están cansados y que mejor se quedan a echar un sueñecito, y, si no había inconveniente, se quedarían hasta el día siguiente.

 

Extrañados, y un tanto mosqueados, se fueron con sus hijos a misa. Al salir, José observó que el coche era de alquiler y una alarma sonó en su cerebro. No dijo nada a Petra, pero rumiaba una sospecha. Al regreso de misa, ya sus invitados dormían a pierna suelta en su alcoba.

 

Ni corto ni perezoso, José los despierta y con diplomacia les indica que mejor se van a dormir a su gran casa de la capital, llena de comodidades, que ellos no tienen sino ese dormitorio y un cuarto minúsculo para los críos.

 

Los primos salen de mala gana y antes de subir al coche, en un apartado, en voz baja y con hipócrita humildad, el pariente le pide a José una cantidad de dinero en calidad de préstamo, diciendo que no duda que tiene cuartos, pues, como todos los del campo, seguro que guarda algo bajo el colchón. Le asegura, de paso, que cuando cobre el dineral de un negocio que tiene entre manos se lo devolverá.

 

José le dijo que lo sentía mucho pero que se habían equivocado de “primo”.

 

Aquí dejo este relato para reflexionar sobre aquel dicho: “Dime de que presumes y te diré de...

 

Texto e ilustración: Juana Moreno Molina

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