Matilda y Espumita. Imagen: Ernesto M. Saavedra
“Ita” fue, después de mamá y papá, la tercera palabra que pronunció Matilda, antes de cumplir los diez meses que tiene en la foto, para llamar a Espumita, que es el nombre de la perra con la que está jugando, una mezcla de Jack Russell y mil leches, que tiene mal genio con la gente a la que no conoce pero que es un cacho de pan con quienes convive, sobre todo con la niña, a la que le permite todo, incluso que, inocentemente, intente meterle un dedo en el ojo.
Espumita, que ya tiene siete años, que ha sido madre dos veces, nunca fue tan tierna con sus cachorros como lo es con Matilda. Mira a la niña como si fuese una más de sus crías, la más grande, la más juguetona, y le gusta que la rodeen sus brazos, que sus manos la toquen con o sin delicadeza y, sobre todo, la inocencia que se refleja en sus ojos.
Le encanta cómo la mira mientras balbucea su nombre, “Ita”, “Ita”, y cuando Matilda le rodea la cabeza con aquellos bracitos tan carnosos, cálidos y suaves que tiene, Espumita se siente transportada al séptimo cielo.
Hay armonía entre ambas. Se las ve encantadas. Como si, en esos momentos, ninguna de las dos necesitara nada más que estar juntas, jugando, para sentir que viven en un mundo feliz.
Es el instinto, esa intuición primitiva y natural que colinda con el sentido y con el corazón, el que ha hecho que nazca la hermosa relación que hay entre Matilda y Espumita.
El cielo, que parece una pintura, no es el único testigo.
Texto: Quico Espino
Imagen: Ernesto M. Saavedra






























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