Verónica Bolaños Herazo
Hermenegildo era un niño pecoso, pelirrojo y flaco. Vivía en una casa con techo de zinc. Esa noche dormía en posición fetal. La sábana no le cubría los pies famélicos.
Durante la noche padeció calenturas. Su madre entraba al cuarto con un paño húmedo y una pequeña palangana. Le daba toques en la frente y luego volvía a su cama, se dormía y roncaba sin piedad.
El niño abrió la cuenca de los ojos en el sopor de la madrugada. Los árboles se estremecían y el viento reventaba contra las ventanas.
Escuchó un aullido. Gritó. Apretó la almohada con fuerza. El corazón le daba golpes en el pecho, queriendo escapar.
Luego el aullido lo sintió cerca de sus orejas, percibió un aliento caliente que olía a cangrejo podrido. Le susurraba algo. Palabras y eructos incomprensibles.
El muchacho cerró los ojos, apretó los párpados y se tapó los oídos con sus dedos esqueléticos. Dio vueltas en el catre, herencia de su abuelo.
Cuando amaneció, la fiebre había desaparecido. Tenía la sensación de estar mutilado. Se miró las manos y estaban completas.
Debajo del cobertor, una cola pesada se meneaba con fuerza.
Verónica Bolaños






























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