El gallo Quirico y el casto Perico
Siempre me han parecido curiosas las relaciones entre los seres humanos y los animales, en especial los domésticos. De todos es sabido que los perros son leales y respetuosos con la mano que les da de comer, que los gatos son más independientes, que los caballos miran con nobleza…. Pero nunca había oído hablar de la inteligencia del gallo, como es el caso de Quirico.
Es por eso por lo que, en el título de este relato, le doy protagonismo al gallo Quirico antes que al casto Perico, porque fue el primero quien salvó la vida del segundo, simplemente cantando.
Perico se enfadó en principio, porque su vida no era precisamente un jardín de flores, pero luego estuvo eternamente agradecido a Quirico, pues desde entonces, a nivel sentimental, su mundo dio un vuelco muy favorable.
Como puede parecer una fábula lo que les quiero contar, voy a dar comienzo a este relato igual que se hace con los cuentos infantiles de todos los tiempos:
Érase una vez un hombre llamado Perico, que vivía en una casa rodeada de plataneras y que veía el mar desde una de las ventanas de su habitación, situada ésta en la planta alta, y desde la otra, que daba a la azotea, veía un corral de madera, con ventanal acristalado que también miraba al mar, donde tenía un gallo negro, con cresta y barba coloradas, que era su despertador natural.
Le puso Quirico, porque le pareció una onomatopeya del canto que emitía el animal cada mañana, al alba, y lo alimentaba y cuidaba con tanto esmero que el gallo llegó a cumplir casi doce años, lo cual constituía un record absoluto ya que, por lo general, la esperanza de vida de estas aves no supera los diez.
Quirico, que tenía un plumaje azabache tan brillante que encandilaba a quien lo mirara, veía cada mañana, después de cantar al advenimiento del sol, cómo su amo encendía la luz de su cuarto y se levantaba para comenzar la jornada.
Una escudilla de leche y gofio es el desayuno de Perico. Luego sale a la huerta, donde se halla el gallinero, el chiquero de la cochina, la choza de las cabras, la cuadra del burro, más un alpende donde guarda la comida de los animales, y, después de atenderlos, empieza con el cuidado de las plataneras, que es lo que le proporciona el jornal del que vive.
Mientras tanto, Quirico duerme a sus anchas hasta que, a media mañana, su amo viene y le abre la puerta del corral. Sale entonces a la azotea y vuela hacía la huerta, donde las gallinas lo esperan con un cacareo ensordecedor.
-Eres como el macho de las “cañás”. “Toitas pa” ti, mi niño –le dice Perico, que previamente le abrió la puerta del gallinero, al verlo “cumpliendo” con las gallinas, una tras otra, y, a veces, después de decirlo, evoca el único amor de su vida, la única mujer a la que quiso y que le viró la espalda cuando más la necesitaba.
Le rompió el corazón y, desengañado, con la espina clavada, ya no quiso saber nada más de mujeres. Y como no era amante del sexo sin amor y sí de las virtudes teologales, decidió que la castidad fuera el bastión en el que se ampararía el resto de su vida.
Un día, cumplidos los cincuenta, sintiéndose más solo que la una, se agarró una depresión como la copa de un pino y, una mañana, al alba, tomó la decisión de borrarse del mapa ingiriendo todos los antidepresivos, somníferos y ansiolíticos que le había recetado el médico.
Estaba empezando a perder la conciencia cuando oyó el canto del gallo.
Quirico, que se había percatado del estado de ánimo de su amo, miró para su habitación después de cantar, esperando que se encendiera la luz. Aguardó unos segundos y, extrañado, volvió a entonar el kikirikí.
¡Kikirikí! ¡Kikirikí! ¡Kikirikí!, insistió el gallo durante un rato largo.
Perico escuchó el canto de Quirico en la antesala del más allá y lo maldijo una y otra vez cuando empezó a vomitar. Estuvo a punto de ahogarse en sus propios vómitos pero tuvo el reflejo de virarse de lado a tiempo y soltar para afuera todos los estupefacientes que había ingerido. Después encendió la luz. Y el gallo dejó de cantar.
Y yo, para celebrar este final feliz, les quiero dedicar un poema a los dos protagonistas de esta historia:
Cantándole al filo del amanecer,
la cresta “enrebisca” el gallo Quirico,
y rompe los sueños del casto Perico,
que aún bebe en las fuentes de un amor de ayer.
Al cielo contento que rompe a llover,
entre plataneras rebuzna un borrico
y los lechoncillos abren el hocico
para que la lluvia les dé de beber.
El gallo Quirico se pone a cantar;
al llegar la aurora se siente feliz.
Y el casto Perico, mirando hacia el mar,
sabe que la noche ha llegado a su fin.
Y el casto Perico se va a trabajar
y el gallo Quirico se acuesta a dormir.





























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