Tributo de sangre

Opinion

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Hace unos días, comentamos en una charla de amigos el fenómeno de la emigración que vienen soportando nuestras islas. Y como una cosa lleva a otra, surgió recordar la emigración de familias canarias al Nuevo Mundo: el tributo de sangre, lo que da pie al siguiente relato, donde recreo, hipotéticamente, la forma en la que vivieron nuestros antepasados esa particular situación.

En la puerta del ayuntamiento de la Villa de Gáldar muchas personas se aglomeraban mientras el secretario, Don Melchor M., leía en voz alta para dar a conocer el Edicto de la Corona, la Real Cédula de 1678, que figuraba pegado a la pared del Consistorio.

Tomás, nuestro antepasado, escuchaba con atención; era analfabeto, como la mayoría de sus paisanos. Con marcada ascendencia aborigen, está casado y tiene cuatro hijos. Posee un pequeño terreno, del cual obtiene el escaso sustento de la familia y una casa de piedra seca. La pequeña finca está situada en la fértil Vega de Gáldar, cerca del barranco, colindando por la parte norte con la gran propiedad de un vecino muy influyente.

Se encamina a su casa sin dejar de pensar en la oportunidad de mejorar emigrando, pero alberga un cierto recelo. Para llegar a su hogar cruza el antiguo poblado en el que vivían sus abuelos, ahora abandonado y semienterrado, al igual que la cueva pagana.

Entre huertos de tuneras infestadas de cochinilla, llega al barranco, donde se encuentra con un vecino, también pequeño propietario que, más receloso que él, hace su comentario particular de la noticia :

-Dicen que La Corona llegó al acuerdo de no cobrar impuestos a los ricos y a los dueños de los barcos que cargan mercancías a esas tierras lejanas, a cambio de sacar familias de canarios de la isla con destino al Caribe sin cobrarles fletes. Pa mí que creo que piensan que sobramos muchos aquí.

Añade que él no se va de su tierra, que tiene todo el derecho a vivir y progresar en ella. Tomás le hace ver que, en cierto modo, la presión que ejerce su vecino, obligándole a vender sus terrenos es una forma de echarle, a él y a su familia, sólo para poder pasar el agua de riego a través de su mísera propiedad.

Después de cenar, sentados a la mesa y a la luz de un candil, la familia sostiene una larga conversación, en la que el entusiasmo de los hijos, todos varones, se dejaba notar:
-Clarilla, mi niña, ya no puedo más aguantar el atosigamiento de D. Alejandro, que nos quiere quitar nuestro sustento por tres reales, y hoy me entero de que podemos emigrar a Santo Domingo o a Puerto Rico donde nos darán tierras, una yunta y herramientas para empezar una nueva vida.

-Ten en cuenta, Tomás, que no somos nosotros solos; están los hijos.

-Mujer, dicen que la condición para los que se vayan, es que sean familias con hijos, por mor de la ayuda que puedan prestar y, se dice también, que la intención del gobierno es repoblar aquellas tierras con gente nuestra. Además el barco que nos llevaría no nos cobraría pasaje.

-Tomás , si estás convencido, trata bien la venta de la finca y, con los reales que te den, con nuestro trabajo y la ayuda de Dios, podríamos tener una vida mejor en esas tierras que mencionas, aunque dejáramos ésta con pena. Pero entérate bien. Habla con Don Ignacio el cura, que sabe más que nosotros y te puede aconsejar. Yo, por mi parte, lo consultaré con Isidra, la sajorina, que ha tenido buenos aciertos.

Algún tiempo después llega el día de la partida y esta familia, junto con otras procedentes de varios puntos de la isla, se vieron en el muelle de Sardina rumbo a Tenerife, desde donde partirían a la gran aventura. Algunos reían llenos de entusiasmo, otros lloraban por lo que dejaban atrás. Portaban poca cosa de equipaje, pero no faltaba la talega de gofio ni la de higos pasados.

Tomás llevaba como reliquia en su pecho una taleguilla de tierra canaria, en la que enterró una semilla de drago. Clara llevaba, bajo las enaguas, bien camuflada, la faltriquera de los reales que los salvarían del hambre hasta que Dios dispusiera. Estaban convencidos que su destino era Santo Domingo, pero el azar los llevó más allá: A Luisiana.

Fondeado a poca distancia, desplegadas sus velas, un pailebot de cabotaje, los esperaba.

Texto e ilustración: Juana Moreno Molina


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