“Se mostraba tan firme en sus convicciones que era imposible aguantar a persona tan narcisista y egocéntrica. Sentaba cátedra cada vez que hablaba y siempre era el último en pronunciar la palabra que sentenciaba la exposición. Cuando el resto de los contertulios callaban y solo lo miraban, comprendía que era el momento de cambiar de oyentes, como si personificara el dial de la radio. Cambiaba de ubicación, pero no de posición: siempre la misma y con el único lenguaje que manejaba, el administrativo, al que había llegado no solo por convencimiento sino con el sempiterno deseo de emular al presidente del gobierno, que había sido tan amigo suyo en los años de la infancia: era su ídolo imborrable. Eso es: era.”
Juan FERRERA GIL






























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