Lloviendo a mares
Con las incesantes lluvias estamos disfrutando, digo bien, disfrutando, pues hace mucho tiempo que la naturaleza no se había portado bien con nosotros, enviándolas tan generosamente, pero siempre con un punto de preocupación por si se le va la mano.
Nuestros campos resecos, las presas al mínimo y el precio del agua de riego por las nubes hace que todos estemos privados del juicio, aunque algo recelosos por lo sucedido por el Delta en el 2005, no fuera a repetirse, pues produjo destrozos de consideración que aún recordamos.
En este día de lluvia que no cesa, domingo por la mañana, estamos oyendo ese cantar serenito de la lluvia mientras desayunamos en familia, y nos preguntamos si estará corriendo el barranco. ¿Quién se atreve a salir? Al momento me acordé de un episodio de mi niñez, con una tormenta por el estilo:
Cerca de casa, en un huerto vacío se instaló el Circo Toti, con una variedad de atracciones muy interesantes para la gente, incluso había monos ensayados y graciosos payasos que hacían la delicia de los niños. Eran aquellos tristes años de la posguerra llenos de carencias de todo tipo.
Recuerdo que fue tanta la lluvia que cayó que los techos de casa, una casa antigua de tejas, eran una pura regadera. Mis padres se afanaban en paliar el desastre, mientras nosotros, los cinco hijos, chiquitos todos, estábamos calentitos en la gran cama de matrimonio observando como ellos se esforzaban por frenar las goteras. Para nosotros, la situación era una novedad, una aventura emocionante.
Al día siguiente ya había escampado y nos llevamos una sorpresa al salir de casa: la carpa del circo había cedido por el peso del agua, formando una gran piscina donde todos los miembros del circo se bañaban; los hombres en calzoncillos, las mujeres en ropa interior y, entre risas, se llamaban unos a otros mientras se enjabonaban. No pensaban en la pérdida de material ni en la falta de recaudación por haber suspendido sus actuaciones durante varios días. Como niña deseé ser miembro del elenco del circo.
Mi madre aprovechó el desastre de nuestros circenses vecinos para darnos una lección de paciencia y humildad.
Ya que se había suspendido el circo, optamos por otra forma de distracción: bajar corriendo por la carretera para ver correr el barranco por el puente de Los tres ojos, cuyo bramar nos estaba llamando desde la madrugada, llevando toda clase de cosas, y cómo nos reímos al ver posada una gallina en un rolo de plataneras. Éramos ignorantes por completo de los desastres que la lluvia ocasionó en huertos y animales y de la angustia de muchas personas por esas pérdidas.
Éramos niños y las preocupaciones se las dejábamos a los mayores.
Texto e imagen: Juana Moreno Molina






























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