El alimento del alma
Es verdad que estuve a punto de rendirme alguna vez cuando empecé a escribir poesía, especialmente frente al soneto, pero también es cierto que merece la pena porque la satisfacción que se siente al terminar uno, y dejarlo bien acabado, es mayor que el esfuerzo realizado para conseguirlo.
Me entretengo mucho con la musicalidad del soneto, contando con los dedos para ver si la rima interna coincide en cada verso y, sin darme cuenta, me veo muchas veces pensando en poesía ante cualquier circunstancia, ante algo o alguien que me viene a la memoria, ante un sentimiento que me hace sonreír o entristecer, tal vez al contemplar un atardecer como el que encabeza este escrito, jugando con los colores del cielo, las nubes, las montañas o los árboles, quizás al admirar un cuadro, unas manos enlazadas, que me recuerdan a una canción compuesta por dos poetas argentinos que dice “todas las manos pueden ser canción en el viento”,
… o acaso al contemplar una escultura en la que los pies son los protagonistas
… y me hacen pensar en las huellas que uno va dejando a lo largo de los años, de una vida que va pasando y que ¡ojalá! dure mucho para poder seguir escribiendo poemas, sobre todo sonetos, que son parte del alimento de mi alma.

































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