Simbiosis perfecta
Cuenta la historia que el conquistador Juan Rejón mandó talar unas diez mil palmeras para crear su “Real de las Palmas “. Y no sólo se salió con su capricho, sino que a la vez privó a la población nativa de uno de sus recursos naturales más importantes.
Resulta curioso e incongruente que le pusiera el nombre de Las Palmas a la gran ciudad. La verdad es que no sé quién fue el primer y talentoso ser humano que decidió construir algo a partir de una hoja de palmera.
Desde entonces, la elaboración artesanal de esta planta contribuyó al desarrollo de la población. Se hacían cestas pedreras, imprescindibles en la agricultura y albañilería, escobas, serones, esteras, techumbres, aros para el queso, en fin, infinidad de artículos, sólo con las manos, y con talento, claro.
Aún así, varias generaciones de artesanos fueron vistos siempre como ciudadanos de tercera clase. Es por eso que me gustaría reivindicar desde aquí el verdadero lugar que les corresponde en la sociedad a tantos artesanos de la palma que significaron mucho para el desarrollo de los pueblos.
Vaya desde aquí un sentido y humilde homenaje a tantos hombres y mujeres que hicieron de esa labor su medio de vida en una simbiosis perfecta entre el ser humano y la naturaleza.
Eternamente agradecido.






























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