Mi gente del campo
No me crié en el campo, entre ovejas y cabras, ni experimenté la grata experiencia del amanecer, respirando el perfume del incienso y el hinojo. Tampoco sé de los muchos
trabajos aperreados que sufren el hombre y la mujer del campo para sacar su sustento de la tierra, a veces escaso, y el cuidado de sus animales, que contribuyen a su subsistencia, dedicándoles buena parte del día.
Esta formidable gente es consciente de que dejar el campo por otra clase de trabajo más descansado les evitaría la obsesión de tener que mirar al cielo constantemente, por si se barrunta la deseada lluvia. También acabaría con la incertidumbre de plantar, o no, todos los canteros a causa del aumento del precio del agua; tal vez sería mejor dejarlos en barbecho. Y, por otra parte, se evitaría la magua cuando la cosecha de papas haya mermado por culpa de la glotona lagarta, o el millo, atacado por una inesperada plaga, no dé para el gofio del año.
Pero ellos no abandonan la tierra, ni se pliegan a la fatalidad; la combaten, respetando siempre las leyes de la naturaleza; no se rinden. Si un año les va mal, quizá el próximo cumplirá sus expectativas de bienestar.
Les admiro porque aman su modo de vida. Forman parte de esa tierra que laboran, de esas montañas húmedas en invierno y resecas en verano, en las que, en primavera, luce la más linda acuarela.
Son hermanos del cernícalo y la paloma, de los aromas y los colores de los campos. Tienen la sabiduría heredada de sus antepasados: la sabiduría de la tierra.
Texto e ilustración: Juana Moreno Molina





























Normas de participación
Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
Normas de Participación
Política de privacidad
Por seguridad guardamos tu IP
216.73.216.152