La llovizna cesa y la bruma huye, dejando las montañas lavadas, donde puedo ver, nítido, el caserío al que me dirijo.
Recojo la mochila que deposité en la silla contigua, donde me senté a tomar un café, y salgo del establecimiento. Para llegar a mi destino no cojo medio de trasporte alguno. Quiero ir a pie para poder procesar durante el trayecto toda la información que discurre, sin orden, por mi cerebro.
Hace tres días que llegué de mi país, Inglaterra, y un mes que murieron mis padres en un desgraciado accidente. Después de que el notario leyera el testamento, me puse en camino, todavía en shock, y aquí estoy en esta isla desconocida para mí en busca de alguien de quien nada sé.
Detengo mis pasos de vez en cuando, releyendo los documentos que guardo, reteniendo el nombre y dirección de una persona. Mi español es muy deficiente y temo que no me entiendan. Mi abogado y el investigador que contraté en Las Palmas insistieron en acompañarme, pero yo no quise.
Después de dos horas llego con el corazón desbocado a una casa humilde, pero muy acogedora, donde, en una amplia huerta que la precede, una mujer da de comer a unas gallinas y dos chicas jóvenes cortan hortalizas. En un extremo de la casa, un hombre hace trabajos de albañilería. Todos cesan su actividad al verme.
Pregunto por Francisca M. R. La mujer dice que es ella y qué es lo que deseo. El resto de la familia me mira expectante.
No sé qué decir y balbuceo unas palabras ininteligibles para ellos. Nervioso, casi temblando, sigo diciendo cosas sin sentido y, disculpándome, me doy la vuelta y me voy de allí. Pero volveré cuando la emoción que me embarga se disipe y pueda hablar.
Ella es mi madre biológica. Y yo su hijo robado hace treinta años.
Texto e ilustración: Juana Moreno Molina





























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