Cuarenta centímetros

Opinion

Miguel Rodriguez Romero2022Al lado de la entrada del hospital, junto al aparcamiento donde dejé el coche, hay un banco de madera.

Me siento y empiezo a leer un pequeño libro de esos que llaman de bolsillo. Es un clásico, pero me hará más amena la espera.

A pocos metros están las máquinas tragaperras que hacen de cajeros.

Justo en la salida veo a un hombre; su aspecto es demoledor, cabizbajo, no dice nada, parece invisible ante tanta gente que va y viene.

Tiende su mano derecha a modo de cucharón. Lleva tanto tiempo así, que se ayuda con la otra mano. Sólo se le oye decir: gracias señor, gracias señora, cuando alguien se da cuenta de que existe.

Media hora después, desde el otro lado de la calle, mi esposa, a la que dejé en la consulta médica, me hace una seña para que la recoja; me dirijo a la fría y cara máquina, a la que insulto en mi interior.

Al volverme me encuentro con la mirada de aquel mendigo. Me traspasó. Leí en ella que era un hombre pobre, no un pobre hombre. Le di las monedas que me devolvió la máquina.

-Gracias señor –me dice, a lo que respondo: de nada. Buena suerte.

Aún no había caminado tres pasos, cuando escucho a mi espalda: “noche oscura del alma”.

Sorprendido por su referencia al poema de Juan de la Cruz, me giré y lo miré detenidamente. Aunque tenía prisa, pues me estaban esperando, me dieron ganas de seguirle el juego y dije: “avive el seso y despierte”, a lo que el desconocido, alegrando su demacrada cara, replicó: “contemplando” y, casi al unísono, dijimos: “cómo se pasa la vida, cómo se viene la muerte tan callando.”

Después se acercó un poco a mí (noté que aunque estaba sucio no olía mal) y me dijo:

-Me sé todas las coplas de Jorge Manrique. Yo también leía mucho, hasta que un mal día se convirtió en una mala semana, luego en un mal mes, después un mal año y al final terminé siendo una máquina defectuosa. Gracias por respetarme, porque la única diferencia entre tú y yo son los cuarenta centímetros que separan tu baldosa de la mía. Ten perpetuamente la guardia en alto, porque el libro de la vida está siempre abierto y nunca se sabe en qué página se va a cerrar.

-Lo tendré en cuenta –respondí, un tanto apurado porque no quería hacer esperar a mi mujer, que andaba delicada últimamente, pero con ganas de seguir hablando con aquel hombre–. Gracias por tus palabras. Muchas gracias.
Adiós. Y buena suerte.

Miguel Rodríguez Romero


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