Yo de aquí no me voy

Opinion

deaquinomevoyjuanamoreno

Pienso que cumplir años son acumulaciones de experiencias que se pueden aprovechar en muchos ámbitos. También es una oportunidad para poder realizar aquello que siempre se ha pospuesto por haberte sumergido en trabajos o en la crianza de los hijos.

Generalmente deseamos vivir con autonomía, tanto en el sitio donde echamos raíces como en otro que nos apetezca, por la razón que sea. ¿Y por qué no, si formamos parte y nos implicamos en los asuntos de nuestro pueblo o barrio, mientras la cabeza no se nos vaya por otros derroteros y la carcasa aguante sin deterioro insalvable?

A raíz de este comentario me acordé de Pinito:
Su humilde casita de tejas está circundada por un patio de lajas, sombreado en verano por una parra que da frescor a la vez que ricas uvas negras. En invierno, su interior es cálido y acogedor debido al grosor de las paredes de piedra. Está situada entre dos suaves lomas que en primavera se convierten en verdes prados salpicados de rojas amapolas, por donde, desde niña, corría alborozada detrás de las ovejas de su padre, hasta perderse en el pinar que ella tanto adora.

Nunca quiso irse de sus tierras. Sus hijos se marcharon en busca de un porvenir más cómodo, sin el reproche de ella, pues comprendía que el trabajo en el campo exigía una buena dosis de sacrificio y amor.

Desde que queda viuda, los muchachos intentan convencerla para que viva con ellos, pero es inútil. Ella se queda. Sus hijos argumentan que ya es una anciana y, por lo tanto, son responsables de su madre y no están dispuestos a dejarla allí sola.
También la animan diciéndole que con el dinero que ofrece una compañía inmobiliaria por las tierras, podría vivir con todas las comodidades cerca de ellos, y disfrutar de una casita moderna, pasear por la ciudad viendo escaparates, sentarse en las terrazas a merendar como una señoritinga, ir al cine...

Ella escucha en silencio, con pena. Quiere a sus hijos y comprende que no sientan arraigo alguno por las tierras que les vio nacer. Se fueron muy jóvenes y están acostumbrados a otra clase de vida, y les dice:
“Mis niños, atiendan a lo que les digo: Mi vida está aquí, entre estas lomas, en la casita donde me crié, donde viví feliz de casada, donde respiro el aire del pinar y oigo su rumor en las noches tormentosas. Alabo a Dios en cada amanecer porque me regala la vista de los verdes prados y me saluda el tibio sol que tanto agradece mis huesos. Si ustedes me quieren, déjenme vivir y morir aquí, tranquila y en paz. Ya les dediqué los mejores años de mi vida. Ahora no me necesitan y quiero disponer a mi gusto de los que me restan, haciendo lo que me agrada y cuando yo lo desee. Además yo no pertenezco a esa ciudad que me pintan tan atractiva y me parece que sentarme en una terraza con mis cabritas no estaría bien visto, porque yo no me desprendo de ellas, ni de mis gallinitas. Yo de aquí no me voy”.

Y no se marchó

La pequeña parcela quedó integrada en la superficie de un negocio hotelero habilitado como una gran oficina, cuyos huéspedes, extranjeros casi todos, realizan trabajos online a la vez que gozan del buen clima de la isla. La viejita nunca se ve sola, disfruta de la compañía y el aprecio de los huéspedes. Le encanta invitar a los chonis (como ella llama a los extranjeros) y a cualquiera que la visite, tanto a un buchito de café como a una taza de leche de cabra con gofio.

Quedó muy afligido aquel pequeño y extraño mundo, mezcla de modernidad y costumbres antiguas, cuando un día Pinito marchó en paz hacia aquel otro mundo que ella creía un calco del que dejó: de verdes prados y aromas de pino.

Ahora aquella casita con su patio y su parra, que ya forma parte del conjunto hotelero, es lo más codiciado por los clientes para pasar largas temporadas, sin las cabras ni las gallinas, por supuesto. La llaman: LA CASITA DE PINITO en recuerdo de aquella anciana que vivió sus últimos años en libertad, como siempre deseó.

Texto e ilustración: Juana Moreno Molina


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