Oro parece...
A veces ocurren cosas que hacen pensar que no es oro todo lo que reluce. Es lo que sucedió con un extranjero que vivía en la cumbre.
Todo el mundo creía que estaba loco, pero loco de remate. Él no hacía caso; transitaba por las calles de aquel barrio cumbrero, montado en su burro y seguido por su fiel compañero, un lanudo perro.
Canturreando bajito, saludaba a unos y a otros con un buen día o buenas tardes, ataviado con una vieja zamarra y sus bastos pantalones, cuyas perneras remetía en los calcetines de sus botas.
Llevaba una gorra de visera muy gastada que sombreaba su agraciada cara morena de una edad indefinida. En las alforjas el suministro para la semana con lo más indispensable: arroz, aceite, pilas, tabaco y poco más. A cambio, había dejado en la tienda dos sacos de cebollas, un par de quesos de cabra y varias calabazas. Prácticamente era trueque lo que hacía.
Había llegado a aquellos pagos, donde compró unas tierras y una cueva, hacía más de treinta años. Era extranjero, por el deje de su habla, y vivía con sus animales y su perro en el fondo del barranco, en el que cultivaba papas y toda clase de hortalizas, todo en pequeñas cantidades, y, aún así, producía excedentes para hacer trueque.
Era feliz en su pequeño mundo, disfrutando de aquella vida sencilla. Acostumbraba a visitar a sus vecinos para charlar, de esto y de lo otro, y siempre llevaba un pequeño obsequio. Las mujeres lo adoraban “ porque era fino y educado”.
Francesco, así se llamaba, no dejaba de prestar ayuda a sus vecinos, en las faenas agrícolas o en lo que fuera, cuando se lo pedían. Todo el mundo lo apreciaba, pero en el fondo pensaban que no estaba bien de su cabeza, pues, pudiendo tener lo que quisiera, se conformaba con poco trabajando mucho.
Dicen que empezaron a llamarle loco cuando se enteraron de que le había tocado en herencia una finca valorada en no sé cuántos millones, allá en su tierra. Pero para recibirla tenía que trasladarse a vivir allí. ¿Y qué hizo él ? Pues renunció y se quedó tan campante.
Él decía que ya era rico por vivir en aquel entorno maravilloso, por tener el sustento suficiente que le daba la tierra con su esfuerzo y por tener amigos que de verdad lo apreciaban. No necesitaba más.
Jamás se iría de allí. La gente se extrañaba de que nunca saliera de aquellos andurriales. Nunca lo vieron coger la guagua para ir a ningún sitio.
Un día apareció por aquel barrio un coche con gente extraña que enseñaba la foto de Francesco y preguntaban por él, un extranjero con acento italiano, como ellos. Los vecinos les miraban con cierta desconfianza y negaban conocerle. Algunos de aquellos forasteros estuvo observando y vigilando todos los alrededores del caserío, desde la iglesia hasta el molino del barranco, y otros se desplazaron por los caseríos del barrio, siempre preguntando, y la gente negando.
Los vecinos, alarmados, ya habían avisado a Francesco, pues sospechaban que aquellos visitantes no querían sólo saludarle. Aquel coche negro con los indeseables visitantes marchó al atardecer. Por lo visto, la herencia fue el hilo que los llevó a aquella parte perdida de la isla.
Al día siguiente el temor se adueñó de aquellas sencillas personas cuando vieron un gran despliegue de la Guardia Civil. No tardó la prensa en emitir la noticia que llenó de asombro a la isla y de consternación a la zona cumbrera:
EN UNA CUEVA DE LAS MEDIANÍAS DE GRAN CANARIA FUE HALLADO MUERTO A BALAZOS Y MANIATADO DE PIES Y MANOS UN EX MIEMBRO DE LA MAFIA CALABRESA. LAS AUTORIDADES CREEN QUE FUE UN AJUSTE DE CUENTAS.
Texto e ilustración: Juana Moreno Molina






























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