De cómo secuestran impunemente la pureza política

Opinion

nicolasguerraaguiar06112021Stefan Zweig, judío vienés, doctor en filosofía, novelista, ensayista, intelectual comprometido, fue vetado en la Alemania nazi y la fascista Italia. Tras refugiarse en Brasil a causa de la persecución a su pueblo y la convicción de que el nazismo se impondría en el mundo occidental, él y su mujer deciden suicidarse (1942): “Creo que es mejor finalizar en un buen momento y de pie una vida en la cual la labor intelectual significó el gozo más puro y la libertad personal el bien más preciado sobre la Tierra”.

Acabo de terminar la relectura de El candelabro enterrado (1937), una genialidad más de Zweig y cuya seducción narrativa arranca desde las primeras páginas hasta engancharme y ser atraído definitivamente. (Curioso: este largo relato -pequeña novela- es el único de contenido judío, pues no fue educado en tal religión.)

La trama argumental se localiza en Europa. Los vándalos llegan a las puertas de Roma (año 455). Prometen benevolencia al papa (las inmensas fortunas de la Iglesia serían respetadas). Se limitarán, pues, al saqueo sine ferro et igne (‘sin hierro y fuego’), tal como corresponde al derecho del vencedor. El emperador Máximo fue linchado “por el exaltado populacho… a golpes de porra y hacha”.

guillottinjaLas huestes bárbaras roban las riquezas guardadas en casas, villas, centros públicos… e incluso los tumuli, ‘moradas de los difuntos’, cargados de peines de oro, broches áureos. Durante trece días transportaron al puerto desde baldosas a techos de oro del templo de Júpiter, lingotes de plata, trajes de púrpura, obras de cristal…

Y entonces se inicia lo que la contraportada del ejemplar que manejo (Acantilado, 2007, aunque la primera tirada de esta editorial es de 1976) define como “un peregrinaje legendario, que será también el combate secreto de la justicia contra el poder”: siete ancianos y un niño emprenden la marcha para recuperar su candelabro, símbolo máximo del pueblo judío, también robado por los invasores. Rescatado, el anciano Benjamín lo entierra antes de morir.

Quince siglos después de la caída del Imperio romano un escritor español escribe -1938- desde el exilio mexicano sobre el salmo “robado” a los republicanos: “Cuando los arzobispos bendicen el puñal y la pólvora […] / ¿para qué quieren el salmo? / El poeta lo rescata, se lo lleva”. (Es la Iglesia católica española, fiel al levantamiento rebelde y al fascismo de la España franquista.)

Los textos anteriores de Stefan Sweig y de León Felipe se me engarzaron, de repente, como si los acontecimiento del año 455 y la Guerra Civil española fueran única unidad, mínimamente desajustada por el paso del tiempo. Pero ambos están hilvanados por un denominador común: pertenecen a la comunidad. Así, la menorá, lámpara de aceite, se convierte -ficción novelesca- en símbolo representativo de una tradición religiosa: es “el espíritu divino”, pues fue diseñada por Jahvé.

Por su parte el salmo leonfelipista (definido por el Diccionario como ‘Composición o cántico de alabanza o invocación a Dios’) es algo mucho menos beatífico y más relacionado con las voces poéticas dirigidas al pueblo, obreros y campesinos explotados por terratenientes, sistemas y planteamientos políticos de corte imperial: “¡El salmo es del poeta!”, grita su voz en 1938.

Veinte años después León Felipe le escribe a Ángela Figuera (la poetisa figura en Antología de la poesía social de Leopoldo de Luis, 1965, incorrectamente considerada como la primera combativa recopilación publicada en la España de posguerra). El escritor reconoce su “error”: no se llevó el salmo al destierro -la palabra poética, el lenguaje comprometido- puesto que en el país permanecieron otros poetas ajenos u opuestos al bando victorioso.

Así, lo reencuentra en quienes mantuvieron el exilio interior desde España (“Cercado estoy de monstruos”; “mi desgarradora interrogación”...). Es la “poesía desarraigada”, la de quienes consideran que el mundo de los cuarenta es caos, congoja, y la poesía se vuelve entonces “una frenética búsqueda de ordenación y de ancla”.

Pues bien. Para quienes nos importan las angustias ajenas y parte de la vida la dedicamos a la reclamación de libertades personales y colectivas como “el bien más preciado sobre la Tierra”, ambos autores mantienen vivos sus pálpitos por más que oscuras sombras de radicalismos políticos e indiferencias colectivas vayan copando espacios en nuestra sociedad.

Por tanto permítame, estimado lector, que por similitudes cite como ejemplos actuales tanto la novelesca historia del candelabro judío como la simbólica apropiación del salmo por parte de León Felipe. Tal el judío errante o el poeta encerrado en su cosmos frente a la barbarie nacionalsocialista asisto “impotentemente manso” a la degradación de la Política pura, ética, servidora de los intereses ciudadanos y en cuyo nombre se cometen bárbaras, terribles, inhumanas actuaciones. Soy testigo mudo de su impune y oficializado secuestro por quienes han hecho de Ella un producto mercantilista y mercantilizado de compra / venta, poder para la obtención de beneficios, perenne profesión, empleo u ocupación de mediocres personajes cuyo único fin son las nóminas mensuales.

Y por eso desprecian elementales principios morales, filosofías universales e incluso a líderes cuando tambalean puestos y prepotencias. Recordemos, si no, cómo la maquinaria del PSOE con barones a la cabeza y el sepulcral silencio de señorías a los pies -¡hoy devuelven los aplausos al jefe!- forzaron la dimisión del señor Sánchez en 2016 (“España: Pedro Sánchez renuncia a la dirección del PSOE y una comisión definirá si viabiliza una nueva presidencia de Rajoy”, tal tituló BBC NEWS).

O al señor Casado, cuando su partido confabuló para echarlo por no lavar en casa los ensabanados trapos sucios. (¿Recuerda, lector, algunos rostros de ppseñorías físicamente muy muy próximas a él, el enviado de los dioses, vitoreando a rabiar ordinarios improperios, vulgaridades, bajezas… mientras confabulan a favor del inmediato presidente, el señor Feijóo?

Sí, esto de hoy no es nada de lo que España recuperó tras cuarenta años de búsqueda. La ilusión de un Estado social justo fue enterrada -como el candelabro judío- por vividores, cantamañanas. Y las palabras del salmo leonfelipista son secuestradas por una sigla: OTAN.

Nicolás Guerra Aguiar


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