Acariciaba las casas el tibio sol de la tarde en cuyas paredes tropezaban los últimos rayos que, en su suavidad vespertina, matizaban el entorno como destacándolo.
Jugaba el sol con las luces últimas y las primeras sombras en una tranquila agarrada en la que los balcones cerrados y las plantas de la azotea se aprestaban a recibir la “tarosada” de aquella primavera recién estrenada. Durante todo el día, el cielo había sido azul, como anunciando el verano, y aún las banderas de las fiestas patronales no se habían apostado en la calle.
Calle que volvía a sentirse renovada al compartir con sus vecinos la charla perdida.
Juan FERRERA GIL































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