Recordando a Lorca
Aquel día estrenaban la obra Doña Rosita la soltera en el teatro itinerante que venía a Ingenio todos los veranos. La entrada era gratis para los niños.
Fue entonces cuando oí hablar por primera vez de Federico García Lorca, lamentando, como casi todos los espectadores, las penas de doña Rosita.
Años más tarde, a principio de los setenta, fui miembro de un grupo musical llamado Témpano y cantamos poemas del Romancero gitano. Tuvimos problemas con la censura franquista, que consideraba a Lorca un poeta maldito y que tardó varios meses en darnos permiso, pero nos salimos con la nuestra y el Casino del pueblo se llenó de familiares y amigos que nos oyeron cantar y recitar romances.
Después leí sus obras de teatro y los Sonetos del amor oscuro y, durante un tiempo, me vi envuelto en los elementos constantes de la obra de Lorca, cautivado por un lenguaje en el que se funde lo popular con lo culto y por el uso frecuente de metáforas.
Y en mis sueños aparecieron la luna que venía a la fragua, el aire conmovido, el caballo grande que escucha una nana, los lagartos que perdieron su anillo de plomo, los senos de puro estaño, los muslos que se escapan como peces sorprendidos, el silencio de cal y mirto, la sangre, el amor, la muerte, una vida marcada por el tiempo azaroso que la envolvió y que fue aniquilada a tiros.
En memoria de este gran poeta y dramaturgo he escrito un romance y un soneto a los que he dotado de los elementos necesarios para sumergirme en su mundo lorquiano y serle todo lo fiel que me ha sido posible.
ROMANCE DE LA LUNA BLANCA
La luna vino a mirarse
al Charco de los Espejos
y sacó un peine dorado
para batirse el cabello.
El sol no se molestó
y le lanzó, desde lejos,
un rayo tornasolado,
que paralizara el tiempo,
para que la blanca luna
disfrutara su recreo
por el Paso de los Sargos
y los picones de fuego.
Las aguas vivas soñaron;
se admiraron los cangrejos;
los pulpos se arrebolaron,
revoloteando los rejos.
Se tornó en cristal el charco,
cristales de mar inmenso
con la cara de la luna
entre burbujas de cielo.
Graznan locas las pardelas,
perdido su rumbo ciego,
y se alegran las gaviotas
que aletean mar adentro.
¡Ay, qué guapa está la luna!
¡Como si le hubieran puesto
una diadema de almizcle,
que broncea sus reflejos!
Olas de espuma salpican
cerca del Peñón Bermejo;
aceitunados los riscos,
bruñidos de sol los cuerpos.
De sol y de luna blanca,
que lanza un volado beso
para agradecer el rayo
que iluminó su paseo.
SONETO A LA NOCHE QUE CANTA
Ve la niña un anillo de oro y plata
y lo pide a la luna, que es moruna.
También quiere un gitano de aceituna
que borde broches verdes en su bata.
Un lagarto de plomo y de hojalata
se encarama y resbala por la luna
y la niña suplica a la fortuna
que la noche le dé una serenata.
Del gitano el caballo conmovido
trota, salta, remonta revolando
y se lleva el anillo sugerido
que la luna disfruta regalando
a la niña que siente, cual latido,
que la noche cobriza está cantando.
Quico Espino






























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