Padre e hijo estuvieron encerrados más de cuarenta días. Contemplaron lo que ocurría en el mundo desde un noveno piso, aferrados a los barrotes de la ventana.
El anciano empujaba la silla de ruedas jadeando. Las piernas de su hijo habían quedado desprovistas de fuerza. Veían correr a los niños, ladrar a los perros, volar a las palomas, mientras unos rayos de sol les devolvía la esperanza.
Antes de que se jubilara el viejo ascensor, habían adquirido suficientes provisiones en el supermercado, y pañales desechables en la farmacia. Los vecinos tardaron en ponerse de acuerdo con el presupuesto.
Todas las mañanas un técnico, con martillo en mano y mameluco azul, les gritaba, «¡tranquilos, no desesperen, muy pronto acabará todo y tendrán libertad de movimiento!».
Padre e hijo sonreían y presionaban su pecho con la palma de la mano, después lanzaban besos que bajaban por las escaleras.
Verónica Bolaños




























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