“Me desperté, solitaria y húmeda, bajo la bóveda que se adentraba en la tradicional pachorra gris que producen los cielos encapotados. A la vez, se resistían las luces navideñas a apagarse definitivamente, después de haber intentado proyectar calidez en las noches pandémicas.
Nadie transita en esta temprana hora; ya dije que estaba sola. Aún no se han levantado ni el bullicio ni la algarabía, que siguen escondidos, acaso buscando protección, a la espera de que el día termine de desperezarse. El húmedo suelo solo señala los límites de las terrazas de las cafeterías adormiladas.
La partitura, que trato de interpretar cada mañana, habla de ausencias que se reflejan en los adoquines brillantes, junto al paisanaje último, en la que el tono y la pausa caminan a mi lado, como hermanos gemelos, desde el infinito del color acuarelado del desconocido pintor hasta que la calima regrese para cubrir, y camuflar, su desconocida dimensión. No solo el polvo africano acorta la distancia sino que, además, utiliza mi espacio para escuchar el silencio y adueñarse de él.
Nunca habría imaginado que calle y silencio pudieran ser sinónimos.”






























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