“Siempre fue una puerta grande para una casa enorme.
La luz de la calle, que penetraba por la parte superior, simbolizaba el termómetro de la ciudad que, llena de ruidos, vibraba cada día. Cada día la puerta permanecía abierta desde la mañana hasta la tardecita; menos en invierno. Invierno húmedo y frío que casi convertía las calles pequeñas en afluentes de La Carrera, que con la escarcha y el viento frío del Teide singularizaban la hermosa ciudad universitaria. La misma ciudad universitaria que durante cinco años fue nuestra segunda casa, llena siempre de novedades y sorpresas que salían a nuestro encuentro en la Avenida de la Trinidad. Así que la puerta, ahora cerrada, no solo guardaba la estancia sino que, además, acogía los sueños e ilusiones de un tiempo que se había diluido rápidamente, como las gotas de lluvia.
A pesar de la luminosidad exterior, dentro hay que encender la luz, más que nada para que las sombras aún no se hagan fuertes en el lugar y cubra todo con la magia lumínica de cuando está muriendo el día. Ya nadie tocará en la campanilla de entrada; hace tiempo que esa costumbre se perdió. Ni siquiera el cartero, tan fiel, se atreve con ella: piensa que es un adorno. Y, entonces, deposita las cartas en el suelo que, como casi siempre, vienen repletas de facturas. Ya nadie nos escribe. Luego, la casa dejó de ser un piso universitario y solo yo me quedé en ella.
Aquí vivíamos mi mujer y yo. Sin embargo, creo que el mundo nos ha olvidado. O está en ello.”
Juan FERRERA GIL






























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