LA BRISA DE LA BAHÍA (67). La barandilla del Cine Díaz

Juan FERRERA GIL Domingo, 27 de Marzo de 2022 Tiempo de lectura:

barandillacinediazDe niño la descubrí: un domingo, en la sesión de cine infantil, a las tres de la tarde, acaricié la barandilla de madera por primera vez: perfecta, lisa, con ligera ondulación de maestro carpintero experimentado en maderas nobles.

Deslizar la mano por la barandilla, y sentirla, se convirtió en una afirmación: así conecté con un futuro desconocido y que, ahora, apenas hace unas semanas, se ha sustanciado. Cuando el cine dejó de serlo, es un milagro que el anfiteatro se haya conservado casi como fue; eso sí: sin las viejas butacas de madera, tan incómodas y ruidosas. Convertido actualmente en salón de actos de la Biblioteca Municipal, el viejo Cine Díaz sigue proyectando otra manera de contar: los libros que leemos en el Club de Lectura nos han convertido en otro tipo de espectadores en el mismo espacio. Y, tal vez, los que nos reunimos allí somos la prolongación de los que apreciaron, en su momento, las películas en aquel anfiteatro que lograba evadirnos hacia mundos lejanos y fantásticos; aunque imagino que las parejas de entonces, en los años sesenta del siglo pasado, andarían más preocupadas en sus propios besos y abrazos, al hilo de la oscuridad de la pantalla, tan apreciada en los años franquistas: los cines de entonces servían como lugares de encuentros de novios y, tal vez, de futuros matrimonios. Y, así, entre las sombras, lograban sortear, en plena dictadura, las normas que imponía la estricta moral, donde la Iglesia tenía mucho poder al regalarle a los curas lo más íntimo de nosotros: la confesión.

Pero no nos desviemos de la cuestión: la barandilla del Cine Díaz permanece fiel a la cita y a los distintos espectadores que siempre tendrá. Espectadores que escudriñan más allá de la mirada; mirada que sirve para situar las cosas en su exacto lugar; lugar de encuentros y sonrisas (a veces, lágrimas) que dan la sal a la vida.

Quizás por eso la barandilla del Cine Díaz sigue en su sitio: tranquila, esperanzada, ofreciendo la ayuda necesaria y, sobre todo, cumpliendo su destino: pasar inadvertida a pesar de que el tiempo haya volado sin apenas sentirlo. De ahí su inmenso valor. El pasado puede estar en cualquier detalle. Y, desde él, se ensancha en el futuro sin perder su esencia. Yo no sé si lo que cuento es una anomalía (¡tan de moda en los últimos tiempos!) o qué será. Sí les puedo asegurar que recién he caído en la cuenta del valor de su grata y noble presencia. Así que hoy, por fin, le he podido dedicar unas cuantas palabras.

Cuando las cosas permanecen en su sitio, viene a resultar que la mirada presta la atención debida; aunque hayan transcurrido muchos años.

No sé si me explico.

Juan FERRERA GIL


 


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