Mi amigo Luis era taciturno y melancólico. Me contaba que su vida transcurría monótona y sin alicientes, a pesar de su buena situación económica. No había sobresaltos en su hogar; su mujer, buena ama de casa y amante esposa, sus hijos, ya adultos, responsables y estudiosos, pero ... le faltaba algo, algo que no sabía explicar, sólo notaba que se asfixiaba en su cómoda existencia.
Después de mucho pensar dio con el diagnóstico: infelicidad, hastío.
No dudó en dejar su trabajo y traspasar todos sus bienes a su familia. Invitó a su mujer a seguirle a una vida incierta y precaria, pero ella no quiso, se horrorizó cuando se lo propuso. Todo el mundo lo tachó de loco e irresponsable.
Con lo mínimo en una mochila gris, se fue una mañana temprano a perseguir su sueño.
Por casualidad, después de cinco años de su partida, lo vi en un pueblecito de la isla de Menorca. Me sorprendió el cambio experimentado física y anímicamente. Lucía barba, ya canosa, llevaba ropa de caminante y supuse que la mochila, por lo ajada, sería la misma con la que partió. Su semblante reflejaba paz y, a la vez, el optimismo que nunca tuvo, cosa que me alegró. Le acompañaba un perro de esos de desconocida raza.
Conversamos largo rato delante de nuestras tazas de café y, sin prisas, me relató las satisfactorias experiencias del cambio realizado en su vida. Había conocido mucho mundo y mucha gente. Se mantenía de trabajos esporádicos que le surgían en su andadura. Sin preguntarle, me hizo saber que estaba al tanto de su familia, pero lamentaba que su esposa siguiera negándose a compartir sus experiencias, aunque lo entendía. Se notaba que era feliz en su andar ligero por el mundo, sin lastre que pesara en su conciencia ni ambición de poseer. Ni siquiera el perro era suyo. Un día saliendo de un pueblo lo siguió y se acostumbró a él.
Me decía que su cama y su techo eran la tierra y las estrellas. Su alimento era más bien espiritual: la conversación con la gente que iba conociendo por los caminos y el afecto incondicional de su canino compañero.
Le pregunté cómo se consideraba, si vagabundo, bohemio, o aventurero, y él me dijo: ¡LIBRE!
Nadie sabe cómo le envidié.
Ilustración y texto: Juana Moreno Molina




























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