El cielo de otoño se insinuaba con esporádicas y débiles nubes que ni amenazas provocaban; nubes silenciosas que caminan plácidamente en el cielo; cielo que se abre ante la atenta mirada que provoca un punto de vista ni siquiera imaginado.
La ciudad, como siempre, erguida en toda su plenitud de amorosa mirada, surge luminosa en la estación nueva recién estrenada y se empeña en mantener el calor del verano; verano en el que una buena parte desapareció en las primeras semanas del pasado agosto: todo el conjunto quedó atrapado, acaso detenido, en un alisio lluvioso que se vestía en mangas de camisa; camisa suelta y cómoda que respiraba ansiando la felicidad no encontrada.
Desde la llegada del otoño parecía que la luz del verano había regresado para recuperar los días perdidos. Mirar la luz y encontrar las veredas por las que avanzar fue una sola cosa, una única interpretación. Y así estuvimos un tiempo en el que las nubes, cada vez más densas, decoraban los días otoñales tiñéndolos como si de verano fueran.
Pero lo que es llover, ni una gota.
Juan FERRERA GIL






























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