“Cada vez que me asomaba a la azotea, las palmeras de enfrente arrullaban mi destino.
Y me gustaba imaginar que la presencia física de las palmeras se mostraba tan humana como yo. Y su delicado movimiento esparcía mis ilusiones por todo el entorno, que alcanzaba, incluso, la Plaza, verdadero centro de una ciudad que vive, que oye, que escucha, que vibra sin apenas percatarse de su extraordinaria salud y de su movimiento continuo. Anda la ciudad tan metida en su afán diario que no tiene tiempo de pararse un momento y contemplar cómo va creciendo, sobre todo, desde que la carretera que la enlazaba, allá lejos, con la capital, sorteara barrancos y montañas. Y una de las cosas que más echo de menos son bancos en los que poder sentarse: veo a mucha gente de pie. Y no me gusta.
A principios del siglo XX parecía que todo un cúmulo de fuerzas se concentraba en el lugar. Es verdad que predominaba la visión conservadora de la existencia y que la Iglesia ejercía un poder casi diabólico; sin embargo, la burguesía de aquel tiempo, siempre dispuesta a cumplir su papel y a no perder su espacio, sorprendía con nuevas iniciativas donde la Calle Mayor (bueno, lo que después sería Calle Mayor) iba adquiriendo un tono comercial que se inundaba de curiosos ciudadanos y clientes procedentes de toda la comarca. Paulatinamente se fue asentando en el lugar un modo de ser y vivir.
Así que yo, María Cristina del Valle Hernández y Fierro, consciente soy de que mi destino encerrado se encuentra en el verde de las palmeras cercanas; palmeras que juegan y hablan palabras; palabras que van adquiriendo su peso en el devenir cotidiano y que, desde las páginas de este libro de poemas franceses que en mis manos descansa, consiguen elevarse en un camino incierto como si fueran un galanteo cariñoso. Y se proyectan, como alongándose, hacia no se sabe dónde.
Desde que me descubriera el Cronista de la Ciudad, tengo la sensación de haber renacido en un tiempo que ya no entiendo ni es el mío. Sé que me guía la pluma certera de ese investigador que me dedica su tiempo y su mirada de curioso incansable. Y solo deseo que me lleve por el buen camino; siempre tan angosto. O, al menos, que me guíe, en la distancia del espacio y el tiempo, por un sendero silencioso y cercano en el que poder seguir contemplando estas palmeras que, a fuer de recurrentes, representan mi vida.
Pero lo mejor de todo fue cuando me fugué con Valeriano del Rosario y Jiménez-Megías.”
Juan FERRERA GIL






























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