Abrió la puerta del apartamento. Un golpe de olor a pinos y asfalto se coló a raudales por sus fosas nasales.
El sonido del tráfico le recordó al opus Poetic Moods, Vivacissimo, de Dvořák, una de las piezas que siempre incluía en el programa de los conciertos con los que recorría el mundo.
No sabía cuántos días hacía exactamente que se encontraba recluida por aquel loco que quería que tocara solo para él.
Tiró el cuchillo de cocina al suelo y apoyándose en las paredes, recorrió el pasillo buscando alejarse de aquel infierno.
Cuando pulsó el botón del ascensor, se fijó en su mano derecha, la misma con la que solía acariciar con destreza las teclas de su Steinway & Sons. No las podría volver a hacer sonar como antes.
Emitió un grito al dejarse caer en el suelo del ascensor y sonreír. A ella le faltaban tres dedos pero él ya no volvería a respirar.




























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