Se le juntaron demasiados días de mierda temiendo convertirse en vida. Cuando se enteró de su embarazo, le invadió el miedo; temía que la desesperanza, la frustración y la tristeza fueran hereditarias. Nacer o no nacer. Ser madre o no serlo. Esa no era la cuestión, sino todo lo que vendría después.
Aquel momento de desconcierto y duda se había alargado en un principio en horas, luego en días y más tarde en una incipiente barriguita de tres meses de la que ya no sabía, no podía, ni quería desprenderse. La preocupación y la incertidumbre dieron paso a los días más bonitos de su existencia. Y su barriga, su razón de vivir.
Quizá por eso, treinta años después, no lograba entender cómo aquel espermatozoide vencedor y luchador, al que no había buscado pero sí amaba sobre todas las cosas, se había agotado de nadar contra corriente. A pesar de haber sido el más rápido, él nunca sentía que llegara a su meta.
En ocasiones, sin previo aviso, le asaltaba una sensación de vacío y angustia de la que no sabía, no podía desprenderse. Y le volvía a invadir la misma duda que a su madre tres décadas antes. Seguir siendo o dejar de ser. Estar o no estar. Pero, sobre todo, le inquietaban qué días de mierda le esperarían después si decidía seguir hacia delante.
Ella, por su parte, estaba ahí siempre que él sentía que se ahogaba, para empujarle y compartir el peso de sus días de mierda.
Taide Fleitas



























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