La mezcla de colores del domingo luminoso del pasado septiembre anunciaba, con retraso, que el verano llegaba a destiempo y que, al lado del bochorno, se asentaba en la isla toda.
Cada año se repite la misma historia; sin embargo, nos llegamos a percatar de su presencia cuando la lentitud en la mirada se materializó aquella mañana sin panza de burro, sin gente y solo con el sonido de la vieja campana que, en su repicar sonoro y constante, llamaba a misa con distancia y mascarilla.
Si prestan atención a la foto, podrán ver, en el centro y al fondo, el viejo buzón de Correos que ha quedado como representante fiel de una realidad que ha ido desapareciendo, donde la comunicación llevaba otro ritmo, otra cadencia, incluso más luminosa que la misma imagen.
No sé si me explico.






























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