La cúpula de la Plazoleta Guillermo Sureda proyecta su sombra en el suelo de cantería un domingo que parece desperezarse con el sonido de las campanas de la iglesia.
Allí, en la mañana detenida, el afamado acuarelista me dijo que visitara el Museo Municipal si quería conocerlo mejor. Le contesté que admiraba su obra y conocía tanto la expuesta en Arucas como la propia del Museo de Icod de los Vinos, donde también había dejado parte de su creación.
“Mire, maestro, ---le dije--- espero que siga pintando con estética acertada su particular visión de la vida, que, plasmada, en sus cuadros, llega hasta estos días inciertos y pandémicos. Maestro: hoy no entendería este mundo, que no está el horno para bollos lustrados ni bizcochos borrachos.
Y proyectó su mirada, disimulada y sin respuesta, en la coqueta plaza.”






























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