El árbol de oro

Opinion

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Está claro que lo que prima es el presente. El futuro… ya veremos (¡ojalá que el mundo vaya a mejor!) y del pasado pues… ojos que te vieron ir, aunque a veces nos sumerjamos en él y evoquemos sobre todo los buenos tiempos, a veces sugeridos por un olor, un sabor, un eco, un escalofrío en la piel o una imagen que se ha quedado grabada en la memoria.

El árbol de oro que ilustra este artículo me hizo regresar en el tiempo, sesenta años atrás, que se dice pronto, y vi de repente una escena, como una estampa, en la que mi madre, mi hermano menor y yo, junto a uno de mis tíos y sus dos hijas, dos niñas, merendábamos a la sombra de un olivo, junto a las chozas de la cabras, a las que mi madre y mi tío habían ordeñado previamente. La leche calentita con espuma y el gofio espolvoreado sabían a gloria, en especial los días de frío.

Muchos crepúsculos nos gozamos allí nosotros. Y siempre que el sol se ponía derramaba su luz sobre el olivo y lo pintaba de amarillo.

-Parece un árbol de oro –dijo una de mis primas, con mirada de asombro, como si fuera la primera vez que lo veía.

-Sí –añadió la otra–. Y las aceitunas son como las pepitas.

Recuerdo perfectamente esa conversación entre ellas. La repitieron muchas veces. Y sobre todo me acuerdo de la expresión de mi tío, que nos hizo reír a todos, después de que mi hermano insistiera en que el árbol era de oro:

-Pues será del que cagó el moro.

No me importa viajar al pasado con la imaginación cuando se trata de vivencias que han sido agradables y vienen sugeridas por la memoria de nuestros sentidos. Y debe ser porque ya soy mayor que, la verdad, incluso disfruto contándolas.

Texto: Quico Espino
Foto: François Hamel.

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