Vio de soslayo la sombra del gato pasar por delante de la puerta. Levantó la vista del periódico en el que se enfrascaba todos los domingos por la mañana y allí estaba él, quieto, sentado justo debajo del quicio de la entrada al salón. Mirándole fijamente, con sus enormes pupilas dilatadas.
Notó cómo se le tensaban los músculos. Cerró lentamente el diario y se dispuso a seguirle el juego. Después de más de diez años con el animal en casa, sabía que aquella dilatación de las pupilas era previa al asalto de sus brazos. Un reminiscencia salvaje de su mascota, recuerdo ancestral de su genética felina.
El gato se iba acercando sinuosamente, situando despacio una pata tras otra sin perder el contacto visual.
Él permanecía inmóvil, respirando pausado, intentando no moverse, cual resignada pieza que se sabía cazada de antemano..
Sus ojos se vigilaban mutuamente cuando, por fin, el animal se agachó para coger impulso y saltó sobre él. El hombre cerró los ojos y se dispuso a recibirlo en sus brazos.
Cuando los abrió, no había nada. Fue entonces cuando recordó que el gato había muerto hacía dos meses.



























Normas de participación
Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
Normas de Participación
Política de privacidad
Por seguridad guardamos tu IP
216.73.216.27